LA CABALGATA DE LOS REYES MAGOS


La cabalgata es uno de los momentos más bonitos de la Navidad. En las grandes ciudades, como Madrid, es espectacular. No se nota la crisis. Un derroche de luz, color… impresionante. Yo nunca voy. Mis hijos son muy pequeños, mi familia se escaquea, y yo sola no me veo. Yo les llevo a la de mi barrio, que es muy recogidita. Siempre te encuentras con la típica señora que te arrolla para coger un caramelo que ha caído a tus pies y encima te mira mal, pero eso es un clásico que va en el lote; qué sería de la cabalgata sin ellas. Pero esos padres que tiran para la Castellana escalera en hombro y churumbeles en mano… no. Si eres como yo te voy a contar mi secreto para que tus hijos puedan disfrutar de la cabalgata sin salir de casa. Lo he llamado: “Que lluevan caramelos en el salón” y se trata de un técnica fácil y barata, pero muy eficaz. (Lo explico bilingüe por si hay extranjeros leyendo).

Lo que necesitas (what you need): A tu marido, a tus hijos, tu sofá, tu televisión (mi Samsung de 40 pulgadas es perfecta para mi pequeño salón. Tú, la que tengas, que seguro que es mejor) y caramelos “a go-go”.

Cómo hacerlo (how to do it): Tu marido se sienta en un extremo del sofá y tú en el otro. Los niños en medio. Si tienes cinco hijos (te acompaño en el sentimiento) os achucháis, pero tenéis que caber todos, y si es posible, en línea. El televisor queda enfrente (obvio). Os repartís los caramelos entre los dos, y apagas la luz. Vamos con la técnica del lanzamiento: Yo lanzo, tú distraes; tú lanzas, yo distraigo. Es decir, tu marido dice: “Mirad quién está en la ventana”, tus hijos miran y ¡ZAS!, tú lanzas un puñado de caramelos. Y luego, al revés. ¿Fácil, no? pues no tanto.

 Lo que puede ocurrir (a problem-a solution):

1.- Que tu marido pretenda escaquearse. Tú puedes hacerlo sola y lo sabes. No te has chupado tardes, sábados, domingos y fiestas de guardar sola con los niños. Les has llevado al cine, al teatro, al circo Price, al circo de La vaguada, al zoo, a Faunia, al Parque de Atracciones, a la Warner y hasta a tirar miguitas a los patos en el retiro con un frío que pela. Pero hoy NO. No transigimos. Porque no hay fútbol, ni baloncesto, balonmano, voleibol, tenis, rugby, atletismo, lanzamiento de jabalina, de martillo, de disco, salto de pértiga, salto de longitud, patinaje artístico (ya le vale), natación sincronizada (tendrá valor), sumo… (ooooooooooohhhh, ¿que tu marido se escaquea diciendo que va a ver sumo? ¿Pero a quien le gusta le sumo? ¿¿¿el SUMO??? Eso tienes que mirárselo). Hoy no hay cena (ni copas) con los amigos del colegio, ni del instituto, facultad, master, trabajo, congreso, seminario, conferencia, gimansio, Twitter, club social… NO. Hoy vienen los Reyes. ¡Pero si NO PARA! Le van a dar el premio al “salido” del año (salido en el sentido de que sale mucho, yo de lo otro no sé nada, ni insinúo). Al sofá.

2.- Que tu suegra os haga una visita sorpresa: dinnnnng-donnnnnnng. Ignoramos timbre. Ella insitirá, ya la conoces. Aguanta. Tu marido, que pese a ser su madre también la conoce, te dirá “¿no será mi madre?” Mientes. “NO, acabo de hablar con ella y está tranquila en casa”. Te darán ganas de abrir la puerta y gritar: “¡¿No ves que no estamos?!” Pero NO. Resiste. Se irá.

3.- Que tu cuñada (sí, justo, esa en la que estás pensando) que sí ha ido al lugar de los hechos y encima ha liado a su marido (¿cómo lo hace?) te envíe un whatsapp, foto incluida, con el mensaje “qué bien lo estamos pasando en la cabalgata” (mentirosa, si no sientes los pies del frío que hace, y la vieja de tu derecha te ha pisado el meñique con la escalera). Nos anticipamos. Eliminamos contacto antes de que empiece el evento. Tranquila. Lo recuperarás después. Por suerte o por DESGRACIA. Y si no, más se perdió en Roma. (Aunque esa breva está muy verde y no creo que caiga).

4.- Que te quedes sin caramelos. La cabalgata es larga. Raciona. Lo haces con la compra semanal, hazlo ahora con los caramelos. Hay una serie de carrozas que yo llamo “Pre-Reyes”, y son muchas. A tu hijo no le hace especial ilusión que un señor que se ha embutido en una malla color plata con dos alas en la espalda y que va sobre una carroza que emula un lago, le lance caramelos. Guárdalos para los Reyes, y lanza cuando salga Bob Esponja, Dora la Exploradora, Pocoyó y como mucho Leticia Sabater o la rana Gustavo, pero poco más. Si aún así te quedas sin ellos, reciclamos. Seguro que te sobraron de Halloween. Siempre sobran. Y si piensas que tus hijos no se van a creer que Melchor les lance un caramelo con forma de calabaza con colmillos, te equivocas. (Estoy pensado que lo más seguro es que tus hijos no sepan quién es Leticia Sabater, y puede que lo mejor sea que no les hables de ese “personaje” de tu infancia. Si sale en alguna carroza, disimula). 

5.- Que alguno se lleve un caramelazo. Nos anticipamos. Compramos gominolas y caramelos blandos. Cuidado con el reciclaje. Sé que te han sobrado un millón de adoquines que compraste cuando fuiste al Pilar. No los uses, sobre todo si son de esos XL (¿para qué narices compras eso? Si no se los come ni Dios). ¿Tú no sabes que allí tienen vino? Somontano. Vale, que es de un poco más arriba, provincia de Huesca (¡de la comarca de Somontano! ¿O qué?). Yo te lo explico (los que no hayan comprado adoquines, pueden saltarse esta parte):

Tú has estado en Zaragoza. Zaragoza está en Aragón. Tú has estado en Aragón. (Silogismo).

El Somontano es de Huesca. Huesca está en Aragón. El Somonanto es de Aragón. (Silogismo).

Si tú has estado en Aragón y el Somontano es de Aragón, puedes traerte un Somontano como presente de Aragón.

Los silogismos siempre nos ayudan a entenderlo todo mejor. Úsalos (esto ya como norma de vida).

Este problema de los caramelazos puede (y suele) ocurrir por realizar mal la técnica del lanzamiento. No se trata de que parezca que los caramelos salen de la televisión hacia tus hijos. Estás en línea con ellos, luego es imposible. El efecto “boomerang” es muy difícil de conseguir con los caramelos. Cuando los lances hacia el televisor, tú pensarás que les has dado efecto, pero acabaran chocándose contra él. El año pasado mi marido lo intentó (yo tengo cabeza) y se cargó un jarrón, dos ceniceros, un marco de fotos y “picó” la Samsung. CUIDADO. El lanzamiento es HACIA EL TECHO, para que los caramelos, tras dibujar una parábola para esquivar la lámpara (ojo) caigan a los PIES de tus hijos. Si a pesar de todo hay caramelazo, aplicamos hielo.

6.- Que tu hijo te vea lanzar. Si te toca lanzar a ti y tu hijo te está mirando, no lances. Tu hijo tiene mucha ilusión, cree en los Reyes Magos y es pequeñito e inocente, pero no es tonto. Ni ciego. Si eso ocurriera, cambia las tornas. Distrae tú, y que tu marido lance (y dile que distraiga mejor). Venga, esa complicidad de tantos años de matrimonio, ¡QUE SE NOTE!

Esto es todo. PRUÉBALO, hazme caso, FUNCIONA.

No hay nada más bonito que la inocencia y la ilusión de los niños en Navidad. Tienes hijos. DISFRÚTALOS. Que luego crecen y se convierten en unos mazorcos que sólo piensan en salir de copas con sus amigos (herencia de su padre).

¡Felices Reyes a todos!

LA LLEGADA DE LOS MAGOS

(Publicado originalmente en El Calzador https://elkalzador.wordpress.com/2016/01/06/la-llegada-de-los-magos/ )

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

(Evangelio según San Mateo 2, 1-2).

Eran las seis de la mañana, pero Javichu no lo sabía porque no tenía reloj. Sus siete años recién cumplidos le permitían vivir perfectamente sin necesidad de controlar el tiempo. Y por muchos años más…

Lo que Javichu sí sabía es que estábamos en Navidad. Pues no se lo habían dicho veces… Por no hablar del festival en el cole, de los anuncios de la tele y del turrón en los supermercados. Sentía que la ciudad tenía un aire especial, y en su salón lucía un precioso abeto lleno de piñas, pequeños renos, estrellas y bolas de colores. Además, cuando apagaba las luces, el árbol brillaba por la multitud de bombillitas que lo decoraban. Eso lo tenía claro: en Navidad se decoraba un abeto, se comía turrón y todos parecían felices y cantaban villancicos a su inocente juicio sin mucho sentido, sobre peces que bebían en el río, burritos sabaneros y campanas que se ponían sobre otras campanas como si de elefantes que se balanceaban en la tela de la araña se tratara, si se le permite la comparación; pero ya lo de que el Niño Jesús había nacido y tal… se le hacía algo más difícil de creer. ¿Dónde estaba, entonces? En todas las casas había un Nacimiento; el Misterio, lo llamaban. Para misterio lo de este Niño que nadie ve más que en figurita. Ese chiquirritín, chiquirriquitín metidito entre pajas, ¡¡metidito entre pajas!! No daba crédito. Por no hablar del Buey, o de la Mula… Y luego estaba la Virgen María. Él quería a esa mujer. Desde la primera vez que la vio en una procesión en una calle de Málaga. Desde entonces, le encantaba ir a misa. Su madre creía que iba para cura y que tenía una vocación temprana, pero no. Lo que ocurrió es que esa mujer le hipnotizó, pero tampoco conseguía verla en persona. No entendía nada.

Pero Javichu no iba a insistir demasiado en esas cuestiones. Si los mayores lo dicen, ahí estarán la Virgen María, el Niño Jesús y compañía. Además, eso no era lo importante. Lo importante de la Navidad para un niño de siete años, como todos ustedes ya imaginarán, eran los Reyes Magos. No por ellos en concreto —que tampoco es que fuesen especialmente interesantes—, sino porque traían los regalos. Esa era la Navidad para Javichu, muchos y estupendos regalos. Y lo mejor: los traían unos Reyes que, al ser magos, no ponían pegas con el precio. Su madre, la semana pasada, le había intentado colar el rollo de que el DigiGo estaba agotado porque, aunque los Reyes eran Magos, no podían hacer la magia suficiente para que todos los regalos pudiesen llegar a todos los niños del mundo. Bobadas. Él estaba seguro de que su Baltasar y compañía jamás le fallarían. Y esperaba como loco ese móvil para niños. Así podría mandarle mensajitos a mamá, que se pasaba todo el día con el Whatsapp y el Twitter. Mama “tiqui-tiqui”, como solía llamarla él, haciendo el gesto de escribir con sus deditos en un móvil; y seguro que le haría mucho más caso. Era el plan perfecto.

javichuEsa mañana era el día tan esperado y se levantó a pesar de la hora: Por fin era el día de los Reyes Magos. Intentó no despertar a su hermana, lo que le costó una barbaridad ya que, como decía que tenía miedo, se había tumbado literalmente encima del lado derecho de su cuerpo. Qué agobio. Cuando consiguió salir, fue a comprobar que su mamá y su papá seguían durmiendo, y entonces se fue corriendo al salón con la única compañía de su fiel peluche Crocodile. Abrió la puerta, nervioso, y entró con la mirada fija en el letrero con su nombre que la noche anterior había dejado sobre sus zapatos. Pero no vio nada. Ni un solo regalo. No sabía qué hacer. Estaba desolado. Gritó “¡mamá!, ¡papá!”, pero nadie contestó. Fue corriendo al dormitorio para buscarlos, pero su cama estaba vacía. Regresó a su habitación. Su hermana había desaparecido. Entró en pánico. Estaba solo. Con siete años y solo. ¡Pero no podía ser! Si hace un momento estaban todos en su cama…, ¿qué ocurre? Y entonces se acordó del Niño Jesús. Fue corriendo al salón y se arrodilló. Juntó las palmas de las manos y rezó el Padre nuestro, aunque olvidó la parte de “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, como siempre. Pero rezó fuerte y con los ojos cerrados. Ojalá sea suficiente, pensó. Agarró a su Virgen y se aferró a ella, buscando consuelo, como si fuese su mamá, en una pequeña figura de un Nacimiento.

Entonces ocurrió: escuchó a su mamá susurrarle con dulzor al oído: “Cariño, despierta, han venido los Reyes Magos”. La verdad es que en un primer momento no estaba muy seguro de si era su madre o la Virgen María… Hasta que abrió los ojos. Unos ojos pardos, vivos, brillantes, inquietos e intuitivos, pero que en ese momento solo reflejaban temor. Vio a su mamá sonreír, aunque pudo notar su preocupación, y le escuchó decir que estuviese tranquilo, que había tenido una pesadilla y la había llamado en sueños y que ella había ido corriendo, pero él tenía el sueño muy profundo y no conseguía que se despertara.

Fueron todos al salón. Había muchos regalos. Su madre le señaló el DigiGo con una sonrisa. Y Javichu entonces lo supo. En vez de ir hacia los regalos, se dirigió al Nacimiento frente al que instantes antes creyó estar rezando arrodillado y vio caída la figurita de la Virgen María. La levantó y la colocó en su lugar. Cogió al Niño Jesús, lo besó, y lo puso en su sitio, junto a su mamá.

—Ahora lo entiendo todo, mamá —le dijo a la mujer, que le miraba atónita—los Reyes Magos sois los padres.

Su mamá miró al papá de Javichu, que estaba a su lado, sin saber qué decir, mientras su hermana desenvolvía paquetes sin parar, ajena a cualquier otra cosa.

—Tiene que ser eso —añadió el pequeño— porque vosotros sois los que me cuidáis, los que siempre estáis ahí, los únicos a los que necesito. Me traéis ilusión. Vosotros hacéis magia. Como la Virgen María y el Niño Jesús, y como los Reyes Magos. Creo que he resuelto “el Misterio”, el verdadero misterio de la Navidad sois vosotros y lo importante es que estemos siempre juntos. Y sin más, como quien hubiese dicho cualquier cosa, se fue con su hermana a abrir los regalos.

Desde entonces, todos los seis de enero, Javichu se levanta siempre el primero, despierta a su hermana y salen de su habitación. Pero no van al salón a ver los regalos. Van directos al dormitorio de su papá y su mamá, y se meten en la cama con ellos. Javichu espera un ratito, lo suficiente para asegurarse de que todo está como tiene que estar, y por fin sale corriendo intentando ganar a su hermana en una carrera hacia sus zapatos, su cartel, y sus regalos.

Fin.

(Nota.- Este artículo lo ha inspirado mi hijo. Gracias, Javichu, por dejar que me asome al mundo a través de tu mirada inocente. Tú siempre serás mi Niño, y yo… tu Reina. Aunque algo me dice que algún día seré destronada…).

Que una ilusión siempre guíe tus pasos y que la magia nunca te abandone.

Felices Reyes a todos.

reyes magos

 

“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. (Mt 2, 10-11).

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LLUEVE

“El día que tú no ardas de amor, muchos morirán de frío” (François Mauriac).

Llueve. Camino bajo la lluvia y lloro. Lloro tranquila y sin pudor. Sé que nadie me mira o quizá sí, pero no me importa. Además, las gotas de lluvia se confunden con mis lágrimas y eso me otorga una inmensa ventaja.

Echo a correr, sin darme cuenta de que de los sentimientos no se puede huir, a los sentimientos no puedes burlarlos, ellos se burlan de ti, vienen y van, caprichosos. Y luego están esos… esos que llegan sin darte cuenta y se empeñan en quedarse, que irrumpen como un rayo de un día para otro, que te calan los huesos sin siquiera darte un segundo para pestañear, sin dejarte pronunciar una sola palabra, que azotan tu rutina como un vendaval y te dejan fría.

Pero me engaño y corro. Miro al suelo mientras escucho el chof-chof que provocan mis pisadas en los pequeños cuadraditos que componen las calles, hoy llenos de barro y hojas de color otoño. De vez en cuando me giro y miro hacia atrás con la esperanza de ver que suelto lastre, que pedacitos de mi dolor van cayendo a cada zancada, y que según avanzo los voy dejando ahí, perdidos, olivados para siempre, y que por fin vuelvo a ser yo, vuelvo a ser libre… pero no veo nada. No me puedo esconder por muy rápido que corra. Lo sé.

Cae la noche. Apenas distingo las luces que iluminan la ciudad. Las veo difusas y con un brillo sin gracia que me hace no fijar la vista en ellas. Y tú. Siempre tú. Que estarás metido en tu rutina ajeno a todo esto. Incluso seguro que para ti luce el sol y el cielo es azul, mientras yo aquí lo veo gris como el asfalto, gris oscuro, casi negro.

Intento avanzar entre la gente. Estoy rodeada. En realidad no les veo más que de reojo y lo único que soy capaz de asimilar son sus sonrisas y sus charlas que a mí se me antojan banales, pero parecen felices y eso me molesta. Necesito apretar la marcha y dejar de escucharlas. Y lo hago, solo que cuanto más corro, más siento que me ahogo, que me estoy asfixiando… y sé que no podré aguantar mucho más. A lo lejos veo mi esperanza: Un semáforo. Está en verde. Lleva así un rato y lo conozco. No sé qué hacer. Va a cambiar a ámbar pero creo que llego, solo necesito un último esfuerzo. Las dudas me asaltan hasta en estos momentos en los que lo único que hago es correr. Qué absurdo.

Sus ojos verdes y su risa. Solo la oí una vez. Solo una. Pero fue suficiente. Recuerdo cuando hablábamos y él me contaba un sinfín de cosas y yo no le escuchaba, solo oía su voz. Solo con eso era feliz. Con su voz y con su risa. De repente ya no siento nada. Todo se ha vuelto más oscuro si cabe. No sé dónde estoy. ¿Dónde estoy? No puedo ver. ¿Estoy en el suelo? Intento levantarme pero no puedo. ¡Si hace solo un segundo estaba corriendo! ¿Qué ocurre?

Oigo algo, a lo lejos, es su risa. Ya no veo nada, ni escucho, ni siento…solo su risa. Ah, no, espera. Hay algo viscoso sobre el asfalto —¿es esto el asfalto?— Mi mano se ha manchado de algo. ¿Qué será? Y escucho una voz “se me ha echado encima, ni siquiera la he visto, el semáforo estaba en rojo. Ha cruzado en rojo”. No. El semáforo estaba en verde. He llegado. Corría y he llegado, por eso crucé.

Ahora sí, oigo unas sirenas. Y me marcho, lo noto. No sé muy bien adónde, pero me voy. Todo se sigue oscureciendo pero, paradójicamente, ya no siento dolor, mis lágrimas se secan y entonces creo que le veo, ¿eres tú?, me oigo gritar. Me parece que me está mirando y me sonríe. A mí. Me siento feliz. Ya no tengo miedo sino ganas de salir corriendo hacia él.

Y echo a correr de nuevo, pero ya no llueve, ni lloro, ni veo borroso, ni me asfixio. Hay una luz que sale de él y me deslumbra, y mientras corro resuena su risa en mi cabeza como un eco lejano, y sus ojos verdes…

¿Quién se iba a fijar en una pequeña luz roja cuando todo lo inunda el verde de sus ojos?

UN CORAZÓN CERRADO

“La peor prisión es un corazón cerrado” (Juan Pablo II).img_1006

 

Te miro y pienso, ¿en qué momento comenzó todo? Creo que tú ni siquiera lo sabes, pero a mí tu cara me responde. Hace mucho tiempo ya. Lo dejaste pasar. Se enfrió. Y lo que es peor, no quieres recuperarlo. Te da igual. Abandonaste. Si por ti fuera, ya le habrías borrado de tu vida.

Él, sin embargo, está decidido a seguir luchando. No piensa tirar la toalla. Te quiere, y cree que puede hacer que regreses, que no todo está perdido.

Yo te miro y tengo mis dudas.

Y tú… tú ya no sabes ni qué hacer. Esperas con impaciencia a que el camarero te ponga el plato delante para tener la boca llena y no verte obligada a hablar con él, ni a disimular mirando hacia un lado y hacia otro.

Él no te quita los ojos de encima. Es una mirada tierna y dulce que, sin embargo, a ti te asfixia e incómoda de tal manera que, aunque sabes que no debes, coges el móvil. Ese gran aliado para evitar conectar con el mundo de alrededor, que precisamente se inventó para salvar las distancias y estar más en contacto unos con otros. Ironías de la vida.

Él desvía un segundo sus ojos de los tuyos para echar un vistazo rápido al aparato. Un fugaz instante de odio y repulsa invade su mirada, que vuelve a llenarse de luz al encontrar tus ojos pardos, aunque se limiten a reflejar el brillo de la pantalla.

Mientras tus dedos acarician las teclas, el vino moja sus labios. Y él recuerda cómo no hace tanto paseabais por la playa y te cogía en sus brazos haciendo que volaras. Entonces no lo sabía, pero la felicidad había llamado a su puerta. Jamás la cerró con llave, nunca pensó que podría escaparse.

El restaurante está lleno y tardan más de lo deseado en servirte. Ya no puedes más, te levantas, y diciéndole algo con cara de enfado que no acierto a entender pero sí a imaginar, te vas fuera, con tu compañero infatigable, ese aparato de última generación.

Él apenas protesta. Cree que es contraproducente. Y te espera, también con su compañera, esta vez más clásica pero no por ello menos fiel, la copa de vino. Es paciente. Regresas tras quince minutos. Pero todo tiene un límite. Él no puede más y estalla. Tú tampoco te quedas atrás y le gritas. Te acabas el plato y dándole un beso fugaz que apenas le acaricia la cara, te marchas.

Le dedicas una última sonrisa, pero en realidad no es para él. Es tu alivio, porque por fin acabó esa tortura de un viernes cada quince días. Él lo sabe, pero se hace el loco pensando que aún hay esperanza.

Y se queda solo. Y me mira. Yo le sostengo la mirada. Intento disimular mi compasión, pero no puedo. Él sube las cejas. Yo siento su resignación y su tristeza como una bofetada en la cara, y mientras sus ojos permanecen posados en los míos, me gustaría decirle tantas cosas…

Me gustaría decirle que lo siga intentando. Que es pronto. Que te dé tiempo. Que no te deje marchar, que se arrepentirá.

Me gustaría decirle que no ha sido culpa suya, que la vida avanza por diferentes senderos, que los caminos se bifurcan y hay que afrontar por cuál vamos a guiar nuestros pasos, aunque sea por uno diferente al habitual, y que no es culpa de nadie. (Tampoco ha sido culpa tuya, ¿lo sabías?).

Me gustaría decirle que con los años serás capaz de entender que tu padre siempre te querrá, aunque ya no pueda desnudar su corazón a tu lado día tras día, aunque ya no pueda despertarse bajo tu mismo techo, aunque ya no pueda caminar de la mano de tu madre.

Me gustaría decirle que esté tranquilo, que lo vas a entender, que el amor de padre nunca se marchita, que para él lo eres todo, que en el fondo lo sabes.

Me gustaría decirle… y sin embargo, no le digo nada. Y por toda respuesta a su mirada, sonrío. Es una sonrisa torpe y quizá algo mezquina, pero a él no parece importarle y agradece el gesto, elevando su copa, tembloroso, brindando por la desesperación… y quizás también por la soledad y por el olvido.

CRÍTICA LITERARIA: Hombres buenos

Sólo hay algo a lo que los hombres con cargos públicos, del rey al ministro, temen más que la educación de sus súbditos: la pluma de los buenos escritores

En realidad esto no es una crítica literaria. Yo sólo he venido aquí a hablar de un libro. Así, entre amigos. Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte, mi última lectura. Llevaba una época de libros densos que me costaba terminar. Algunos los mantengo a medias y siento sus lomos reclamándome desde la librería (creo que intuyen que soy una enamorada de las segundas oportunidades), otros los terminé (el amor propio, ya saben) y los menos, los he abandonado (la vida, también saben). Y es posible que Hombres buenos haya caído en mis manos en el mejor momento.

Para situarnos les pondré en antecedentes, pero sólo les hablaré del punto de partida. Año 1781. Dos miembros de la Real Academia Española, el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate reciben de sus compañeros la misión de viajar a París para conseguir los 28 volúmenes de la Encyclopédie (“Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, par une société de gens de lettres”, de D’Alambert y Diderot, para ser exactos. Ahí es nada). Al parecer en realidad hay un ejemplar en la Real Academia Española, cuya incorporación a su biblioteca inspira esta historia.

Desde el Madrid de Carlos III al París previo a la Revolución, acompañamos a los protagonistas, dos hombres «buenos, íntegros, arriscados» en su búsqueda de posta a posta hacia París, y una vez allí, de librería en librería, de la mano de un Reverte que página tras página nos va dando tenues pinceladas del Madrid y del París de entonces, con su barrio de las Letras, el Prado o el Buen Retiro; y sus carruajes, cafés, salones, tertulias filosóficas y ambiente crispado a punto de estallar, respectivamente. «Se trata de un viaje largo, azaroso. Extraña y noble aventura propia de su prodigioso tiempo: traer las luces, la sabiduría del siglo, hasta aquel humilde rincón de la España culta, su Real Academia».

Como nada puede ser tan fácil en la vida, y menos en la literatura, habrá un mercenario, un tal Pascual Raposo, convenientemente enviado tras ellos por otros dos académicos a los que no complace tamaña agencia, para impedir la misión; y por otro lado, los dos hombres buenos tendrán la ayuda del abate Bringas, que no deja de ser eso: un personaje. Todo ello sin olvidar que L’Encyclopédie formaba parte del Índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica en 1759. Y por supuesto, no les sirve cualquier edición: ha de ser la primera: «Así que, en realidad —concreta el librero—, fiable en cuanto al espíritu inicial, rigurosa y exacta tal y como salió entre 1751 y 1772, con los diez primeros volúmenes impresos en París y los siguientes con el falso pie de imprenta de Neuchãtel, sólo puede considerarse la primera edición… Eso la hace tan rara, naturalmente. Tan valiosa».

Yo ya solo de pensar en ir a París en busca de la primera edición de un libro prohibido me emociono, ¿ustedes no? Esa sensación de buscador de libros… ¡y en París! El Sena, los Campos Elíseos, la torre Eiffel, rodeados de carruajes, abriéndonos paso de forma clandestina entre oscuras librerías, ¿qué me dicen? Venga, un poco de sangre corriendo por la venas, por favor. Aunque no sea literaria, sí al menos parisina… Allí tendrán acceso a obras de autores como Voltaire, Rousseau… que en España no estaban en los escaparates de las librerías, precisamente (¡infieles!) e incluso entrarán en contacto con libros subidos de tono… (pongan aquí el emoticono del monito tapándose los ojos, por ejemplo). ¿A que ya les empieza a correr la sangre?

Pero la verdadera protagonista de esta historia es la Ilustración. A lo largo de la novela subyace la idea de intentar cambiar el mundo a través los libros «Para nuestra revolución, señores, no hacen falta otras armas que el libro y la palabra», ¿qué les parece? Cambiar el mundo con libros. Me emociono más. Reverte consigue, a través de los diálogos entre los protagonistas, exponer las ideas modernas e ilustradas, ideas que en realidad están personificadas en la misma Encyclopédie «que comprendía la mayor aventura intelectual del s. XVIII: el triunfo de la razón y el progreso sobre la fuerzas oscuras del mundo entonces conocido» en contraposición con el conservadurismo de la época, muy ligado a la religión y a la fe, tan mal entendidas por aquel entonces. Se trata de un toma y daca sin tregua, muy fácil de leer, y que suele decaer del lado de las Luces, obvio, con argumentos expuestos con mucha prudencia y más educación, y de forma que realmente parece que están hablando hombres del mismo siglo XVIII y, aunque pueda resultar paradójico, los diálogos se hacen de suma actualidad. El contrapunto lo pone el abate Bringas que les intenta hacer ver que todo esto de la Ilustración es una burbuja que hay que explotar, y que la Francia que ellos admiran es una ilusión: «En aquel momento, de todas formas, y a cierta distancia todavía de que Luis XVI perdiese la cabeza en el cadalso, los signos de descontento popular, el hambre y las desigualdades sociales quedaban en segundo plano para el ojo superficial de unos viajeros que, como los nuestros, recorrían Francia mirándola con el filtro de admiración que todo hombre culto sentía en aquel tiempo por la tierra de los grandes pensadores y filósofos modernos». Y en contra de la revolución a golpe de libro, Bringas propugna las armas, o más bien «un baño de sangre que preceda al baño de razón». Y reconozcamos que también es la contraposición Francia-España (y no salimos muy bien parados. Obvio también). 

La amistad, pese a las diferentes formas de pensar y de ver las cosas, entre Hermógenes y Zárate; el respeto, que se intensifica en don Hermógenes cuando más de una vez soporta, estoico, prudente y paciente, contestando con un simple “por Dios” las mil y una salidas de tono del abate Bringas; el honor, personificado de nuevo en el Almirante que hasta llega a batirse en duelo (sí, en duelo) para preservarlo. Un pequeño guiño al amor, al erotismo, al deseo… con uno de los pocos personajes femeninos de la novela, Margot Dancenis; el valor, la lucha ante la adversidad, el no rendirse nunca… de la mano del incansable Almirante, que se nota que es el personaje favorito del escritor, o al menos el que expresa sus ideas, en una narración lineal sin rebuscadas subtramas ni grandes giros o sobresaltos, pero bien conducida y de perfecta ejecución.

Aunque si hay un personaje que me ha enamorado en esta novela es el mismo Reverte: el novelista. Salta a escena el autor una y otra vez para explicarnos el arte de escribir: Su arte. Cómo se ha documentado, qué libros ha consultado, el punto de vista, el ritmo, el porqué de este giro aquí, la razón de este atajo allá… lo que, para una servidora que hace sus pinitos el este noble arte, vale su peso en oro y no se lee todos los días. 

Así, nos explica Reverte desde cómo se le ocurrió la idea de escribir esta historia con una supuesta conversación con Víctor García de la Concha y con el director de la Academia, Darío Villanueva —quien, a modo de chascarrillo le «promete devolver las tildes a los demostrativos pronominales» si le convierte en asesino de una supuesta novela que Reverte amenaza con escribir sobre los miembros de la Academia— hasta numerosos detalles sobre sus fuentes, personajes y problemas que tuvo que afrontar con la narración. Ah, y sus secretos placeres como escritor: «Pertenezco a la clase de escritor que suele situar las escenas de sus novelas en sitios reales. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar por ellos con maneras de cazador y el zurrón abierto mientras una historia fragua en tu cabeza; entrar en un edificio, caminar con una calle y decidir: este sitio me conviene, lo meto en mi historia. Imaginar a los personajes moviéndose por el mismo lugar, sentados donde estás, mirando lo que miras».

Pero cuidado. A lo largo de la novela este personaje nos engaña. Juega con nosotros, nos toma el pelo. Describe con la misma exactitud fuentes inventadas y otras que parecen ser verídicas; detalla personajes (tanto históricos como actuales) reales al lado de otros que son ficticios, lo que hace que llegue un momento en el que la realidad y la ficción se entrecrucen y sea complicado distinguir una de otra. 

En definitiva, nos miente don Arturo, incluso sobre él mismo. ¿Acaso es él el novelista que aparece en esta historia o es simplemente un personaje ficticio más? En literatura todo es posible… Y confieso que eso me encanta porque ¿qué es la literatura sino mentir bien la verdad?

 

 

 

MIGUEL

“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo” (Isabel Allende).

(Fotografía obra y cortesía de Karmela – @aquisoloporti mi más sincero agradecimiento, capitana).

Era el año 1976. Yo acababa de cumplir los once. Claro que no hablo de los once años de ahora… Para que se hagan una idea les diré que mi contacto con los videojuegos y demás maquinitas era prácticamente nulo, porque la tecnología aún no había llegado a nuestras vidas, creo que por suerte. En mi época jugábamos al aire libre, y hasta con unas simples chapas pasábamos el rato. Sí, con chapas… ya ven. Y quedábamos a golpe de reloj. O como mucho, de telefonillo (o telefonazo).

Veraneábamos en Galicia y yo, que vivía (y vivo) en el centro de la península, valoraba como pocos de mis amigos la paz de la costa coruñesa y de aquellos atardeceres anaranjados con olor a mar.

Lo mejor de las vacaciones, además de su duración, era la pandilla de amigos. Esa época en la que la amistad veraniega surgía sin más y se mantenía año tras año pese al largo invierno, sin grandes pretensiones y menos exigencias.

Miguel era uno de los autóctonos del lugar. De cuerpo frágil y semblante tranquilo, su mirada desconfiada iba siempre acompañada por la reserva y la introversión que probablemente contagia el clima gallego, con sus lluvias constantes y sus nubes que dejan el cielo limpio días contados. A decir verdad, tampoco era especialmente simpático, y alegría no era su segundo nombre. Pero al poco tiempo de conocernos yo descubrí algo en él que me hizo no separarme demasiado de su lado: su familia tenía un barco. Navegar siempre ha sido mi pasión, desde bien chiquitito, que aún hoy en día conservo, pese a que ya peino canas y al mirarlo, el espejo me devuelve las temidas patas de gallo, y lo hace sin piedad; y sin preguntar. No lo cuento por nada especial, sino simplemente para que entiendan que no era un capricho de crío, que me gustaba de verdad. Así quizá consiga que ustedes me juzguen con menos dureza… aunque sí, reconozco que el interés fue el culpable de que me acercara a Miguel.

Su padre, Manuel, me cogió cariño desde el principio. Quizá por verme siempre con aquel niño tímido y reservado, su hijo, que no tenía demasiados amigos, o quizá porque veía en mis ojos esa pasión que compartíamos. No lo sé. El caso es que casi todos los días los tres salíamos a navegar, y no había atardecer en el que en vez de ver desde la playa el sol bajar por el horizonte hasta que se perdía en alta mar, me giraba y veía desde el océano su reflejo en tierra firme.

La despedida, aquel verano del 76, fue como la de los veranos anteriores: sin más anhelo que lo que depararía el invierno ni más ilusión que el regreso a aquel lugar, pasados escasos nueve meses. No parecía demasiado tiempo, al menos en mi mente de niño.

Y el invierno pasó, como pasa la vida, poco a poco si la vives día a día, pero veloz y despiadada cuando de repente te giras y echas la vista atrás. En julio de 1977 volví a La Coruña y, como todos lo años, lo primero que hice fue acercarme a casa de Miguel, en la misma playa. No estaba. «¿Ha salido?», le pregunté a su padre, inocente. El llanto de aquel hombre, con el que yo sólo había compartido tardes de brisa marina y velas izadas, me dejó helado.

Cerró la puerta de casa sin decir nada, y me llevó en su coche hacia algún lugar. Yo no sabía adónde… Pero en escasos minutos por fin se hizo la luz y me enteré de qué ocurría. Paradójicamente en ese momento mi vida se volvió oscura, muy oscura. Miguel estaba postrado en la cama de un hospital. No podía hablar. El cáncer bucal terminal que padecía se lo impedía. Ni siquiera conservaba la lengua. Maldije a ambos en esos momentos. Fueron unos breves instantes durante los cuales odié a ese señor por haberme llevado allí, por no avisarme… incluso por tener barco; y también a ese niño llamado Miguel por existir, por enfermar, por no poder hablar… y por haberse hecho amigo mío. Luché como pude contra esos sentimientos. Ahí, de pie… disimulando, sufriendo, llorando por dentro, mientras veía que sus ojos me miraban fijamente desde aquella cama, más abiertos que nunca, como preguntándome algo que yo no supe entender, y menos contestar.

Los doce años fueron un punto de inflexión en mi vida, y la mirada de desamparo de esa mujer, su madre, diciéndome sin pronunciar una sola palabra que su hijo se moría, marcaron un antes y un después. Mis padres, pasados unos meses, incluso todo el círculo de amigos y familiares de Miguel me intentaron consolar: Dios se lleva pronto a sus mejores ángeles. Es extraño cómo los adultos intentan explicar lo inexplicable con estupideces, pensé.

El verano de mis trece años, los que también tenían que haber sido los trece años de Miguel, nuestros trece años, volví a La Coruña: Miguel había muerto. Los atardeceres navegando en aquel lugar se convirtieron en humo porque la muerte de su hijo también mató la pasión de su padre. Por contra la mía permaneció intacta, e incluso siguió en aumento según fueron pasando los años.

Y es curioso porque ahora, cada vez que mis canas se ondulan con la brisa del mar me acuerdo de él, del Miguel que yo conocí, que en mi recuerdo sigue siendo un niño desconfiado, pero con la mirada firme hacia el horizonte coruñés. Que de vez en cuando, desde la amura de estribor, me parece ver que se gira, me sonríe y me guiña un ojo, como si nada hubiera cambiado y todavía fuésemos esos dos grumetes que ríen, sueñan y viven, sobre todo viven, al ritmo que marcan las olas.

In memoriam.


(Y a ti, gracias por compartir conmigo la historia de Miguel… tu historia).

Domingos cálidos

“No hay duda, todo perro debería tener un niño” (Las aventuras de Peabody y Sherman).

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Era un domingo cualquiera. O al menos eso pensaba yo mientras veía cómo, tras la noche, el cielo se hacía azul y el sol teñía de naranja el horizonte. Acurrucado contra el pecho de mi mamá, me imaginaba que estaba tan calentito como si durmiese en una de esas nubes  de fuego que se alejaban tras la montaña, despacio, para nunca volver (y a todo esto, ¿adónde irán?).

Tenía hambre, así que comí. Una de las ventajas de ser un cachorro es que comer es algo que puedes hacer cuando y cuanto te apetezca. Y jugar. Lo mejor es que me puedo pasar el día jugando. Y en esas estaba con mis hermanitos cuando llegaron unos señores muy gritones y, como si yo fuese tonto y mientras me hacían cosquillitas en la cabeza, me cogieron en brazos y me alejaron de mi familia. Me metieron en algo que llamaban “coche” y me llevaron con ellos. Pero… ¿por qué? ¡Mamá! Y les oí decir que íbamos a tomar un aperitivo (por el sitio, llamado “bar” algo me decía que los que iban a comer eran ellos) pero un hombre dijo el perro no puede pasar así que nos fuimos —todos parecían muy enfadados con este señor—. Yo no me enteraba de nada. Tenía mucho miedo y me entró un tembleque que me asustó aún más. Estaba sentado sobre un niño que no paraba de hacerme caricias y sonreír, pero el miedo no se me pasó.

Llegamos a una casa muy grande y nada más abrir la puerta, salieron a mi encuentro dos perros enormes. Uno, que se parecía a papá, me olfateó un poquito y se quedó tranquilo. Pero la otra… era una perra joven y con muy mal humor; me tumbé para hacerle ver que ella mandaba pero me dio tal gruñido que me hice pis. Le solté un lametón para ganármela pero casi me muerde. Suerte que alguien la agarró. Lo que me faltaba. Unas personas que no conozco de nada me llevan a una casa con una perra loca. Hoy no es mi día.

Y aquí estoy, intentando asimilar lo que está pasando, porque sigo sin comprender… Nada más llegar, me han metido dentro de la casa y me han puesto cerca del fuego. Me han hecho una especie de camita y me he subido para probarla. Al principio estaba muy a gusto, pero al ratito… ¡qué calor! Encima me han puesto dentro —según ellos para que me hiciese compañía— una especie de perro al que llamaban peluche. Pero era un perro muerto, ¡qué horror! Y cuanto más me intentaba separar de él, más me lo pegaban al cuerpo, así que he decidido salir un poquito a dar una vuelta, sin que nadie me viese. He encontrado algo mullidito que me ha encantado y, nada más pisarlo, me han entrado ganas de hacer pis. Cuando estaba acabando he escuchado un grito por la espalda ¡¡en la alfombra no!! Era la mujer, armada con una especie de palo con pelos y un cubo con agua, con los que suele perseguirme día y noche. Qué mujer más rara.

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El hombre no para de tocarme. Tiene unas manos enormes, casi quepo entero en cada una. Me da un poco de miedo… Pero lo peor es que de vez en cuando me saca al jardín para que me haga amigo de la perra loca. ¿¡Pero no ve que quiere comerme?! Una de las veces me ha agarrado por el lomo con sus fauces y me llevaba a no sé dónde, pero todos han empezado a gritar ¡Niebla, suelta a Ronny! ¿Pero quién es Ronny? ¡Que me suelte a mí! Sorprendentemente les ha hecho caso. Me he ido corriendo a casa y me he lanzado sobre el perro muerto que tanto les gusta —al menos no muerde— y parece que se han quedado tranquilos.

De repente les oigo decir que se van al cine y a cenar fuera. ¡Y a mí me dejan solo! Me han bajado a otro piso y ahí me he quedado. Me he hecho cuatro pises, tres cacas y me he comido un trozo de sofá. Encima tengo la tripa suelta. Por listos. Cuando han vuelto, la mujer desquiciada y el hombre de manos grandes se han puesto a gritar, pero los pequeños se han reído. Me ha hecho ilusión. Mañana me como una cortina a ver qué pasa.

Hoy nos vamos a Madrid. Me lo han repetido cien veces. A saber lo que significa. Espero que no haya más perras locas, ni perros muertos ni mujeres desquiciadas. Pese a todo tengo un buen presentimiento. Aunque sólo sea por la cara de boba que se le pone a la mujer desquiciada cuando voy por el pasillo moviendo la colita y el niño me sigue a cuatro patas moviendo la cabeza y el culito al compás… —no puede ser más friki el chaval—. Además, por la carita de ilusión que me pusieron ambos peques al recogerme, sé que esto va a ser el comienzo de una gran amistad, ¿o ustedes qué opinan?

Y ya en Madrid, sobre el regazo de esos niños, mientras yo los olfateaba y ellos me acariciaban las orejillas, me di cuenta: hay domingos fríos, pero la calidez siempre vuelve.

RONNY V.

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No todos los superhéroes llevan capa

“Toda grandeza es inconsciente, o es poco y nada” (Thomas Carlyle).

Rodrigo mira el reloj mientras apura el último trago de su café solo. Son las doce de la noche, pero para él hoy no va a haber descanso: le esperan muchas horas en pie. Apenas le ha dado tiempo a ver la ciudad, aunque el sol brillaba en lo alto cuando llegó a Cuenca. Es prudente, y ha preferido intentar relajarse un poco en la habitación del hotel, por lo que el día pudiera depararle; o más bien la noche.

La Semana Santa no es su fuerte; la fe católica, tampoco, y no le suena más que a un grupo de gente que, con mayor o menor fortuna, se encapirota bajo el sonido de una saeta y el redoble de un tambor a sacar a pasear a su Cristo y a su Virgen de turno, como si eso significase algo. Y no es por el catolicismo. Esa es la religión que le ha tocado vivir por tradición, pero podría ser cualquier otra. Lo que ocurre es que él no es religioso. Aunque si se tercia, arriesgaría su vida por salvar la tuya, ¿qué mayor exponente de la ley de Dios? Pero solo si se tercia, y espera que no se tercie nunca.

Este año tiene que estar aquí. Porque sí, porque le ha tocado. “La procesión de los borrachos”, se dice. El nombre ya no es muy alentador. Sabe que si le escuchase un autóctono le haría saber que de borrachos nada, es la procesión Camino del Calvario, o de la Turbas, muchedumbre que rememora la burla que sufrió Jesús cuando iba camino del Calvario para ser crucificado. Lo que ellos digan. No vamos a discutir por un nombre. Pero a él le suena a la excusa de siempre. Por suerte, y aunque tenga su opinión, no está aquí para juzgar nada, y menos a nadie. Si hay algo que su padre le enseñó a tener desde muy chiquitito, por todo y por todos, es respeto. Y en el fondo le maravilla vivir cómo la pasión de los cristianos se desborda en estas fechas, aunque no la comparta ni sea capaz de sentirla.

Ya está todo preparado y organizado. Aún así, está nervioso. El recorrido es pequeño, pero hay demasiada gente. Demasiada. Y son muchas horas, y sin dormir, y esas calles tan estrechas…

A la una el silencio de la madrugada conquense se rompe con las clarinás y las palillás. Las horas pasan despacio, y lo peor está por llegar. Según la luna avanza y el cansancio se acumula, Rodrigo está más mentalizado y resignado; no hay otra.

A las 5.30 horas y con el sol aún escondido, llega el momento cumbre. “Jesús de la seis” está a punto de salir. La Iglesia de San Salvador y sus calles aledañas no dan más de sí. Intenta hacer un poco de espacio para dejar paso apartando a la gente como puede hasta que siente cómo a su espalda por fin se abre la puerta. Se desata la locura. No ha visto nada similar en su vida. Ni en el mismísimo fútbol. Los fieles se emocionan a cada paso de los banceros. El griterío es ensordecedor, y ese sonido ronco y sin redoble que sale de esos tambores de andar por casa le dibuja una mueca en la cara. Lleva más de cuatro horas escuchándolo. Intenta controlar a todos esos turbos que avanzan marcha atrás para ver a su Cristo y así no darle la espalda, pero a cada paso le resulta más difícil.

Poco después, el sonido de los tambores cesa. Ahora el silencio es absoluto y sobrecogedor. Pensó que sentiría alivio, pero se le hace muy extraño porque sus oídos se habían acostumbrado al ruido. Nuestra Señora de la Soledad de San Agustín sale al encuentro, hasta llegar a la fragua, donde se detiene. El silencio representa el respeto al dolor de una Madre. No lo sabía. Los banceros siguen moviéndose pero no avanzan, mientras suena el leve golpear a un yunque de unos martillos, al parecer, para dar calor a la Madre y que no pase frío. Tampoco lo sabía.

En la subida de la calle Palafox, llegando a la Plaza Mayor, ve algo que le llama la atención. No es otro “numerito procesional”, son dos que se están pegando. Esta vez son borrachos, digan lo que digan los autóctonos. Se acerca a ver si puede tranquilizarlos, pero uno se pone tonto y le dice que quién se cree que es para venir a su pueblo a decirle a él lo que tiene que hacer, que no tiene ni idea de con quién está hablando. Se abalanza sobre él e intenta golpearle. Rodrigo le esquiva y se sorprende a sí mismo rezando por no tener que llevarse a nadie esa noche. Esta noche no… Uno de los amigos del figura consigue calmarlo con habilidad, y Rodrigo decide dejar la cosas como están.

El sonido de los tambores ha cesado casi definitivamente y ahora alcanza a escuchar los primeros acordes del canto del Miserere desde la escalinata de la Iglesia de San Felipe Neri. De vez en cuando, los sollozos acompañan esas notas que él jamás había escuchado. Y se emociona un poco. Quién se lo iba a decir… Será el cansancio.

El sol empieza a calentar. Por fin. Es mediodía y siente que lleva toda una vida en esa ciudad. Los ojos le escuecen y se da cuenta de que se los ha restregado demasiado. Se detiene un momento y mira a su alrededor. Aún hay tanta gente… pero ya comienzan a retirarse. Los pasos han regresado a su lugar de partida. Ya no suenan los tambores ni los palillos; ahora lo que más ve son miradas perdidas y algún que otro pañuelo empapado en lágrimas por la pena del adiós. Y se siente satisfecho. Al fin y al cabo, y aunque no comparta ese sentimiento, ahora lo entiende mejor. En el fondo a él le pasa lo mismo, o algo parecido.

Nadie repara en él. Hay veces que parece que fuera invisible; otras nota que incomoda su presencia. Muchos le miran de reojo entre paso y paso, entre tambor y tambor, entre sainete y sainete, y creen que sobra; incluso algunos le ven como el malo de la película, pero si ocurre algo, ha de convertirse en el superhéroe en cuestión de segundos. Él lo sabe, lo siente y lo sufre día tras día, pero no le importa. Así lo eligió: Proteger y servir, sin reconocimiento alguno. Es Viernes Santo, pero podía ser Navidad, el día del Carmen, o un domingo cualquiera. Es una procesión, pero podía ser una huelga, una manifestación o un partido de fútbol. Él siempre estará allá donde le manden, en cualquier parte del país. Y debería sentirse orgulloso. Orgulloso de ser lo que es: un gran policía.

Rodrigo mira el reloj por última vez esa mañana. Está cansado, pero la idea de volver a casa le arranca una leve sonrisa. De pronto, y mientras piensa en su hogar, siente que alguien le agarra del pantalón y tira de él con fuerza. Mira hacia abajo y ve que es la única forma que un niño de unos tres años tiene de llamar su atención. Se agacha y nota cómo el dedo del pequeño toca el escudo que lleva en el pecho y acierta a duras penas a decir “león raro”. La sonrisa de Rodrigo se convierte en carcajada mientras levanta al niño en sus brazos. Uno de sus compañeros cruza su mirada con él justo en ese preciso instante, y le devuelve la sonrisa. Pequeños gestos que hacen que todo merezca la pena. Hasta el siguiente servicio.

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Viñeta de José Manuel Puebla publicada en el periódico ABC. Actualmente disponible en abc.es; El sacapuntas.

RECONOCIMIENTO EN RUEDA

«Dame las llaves, jodido cabronazo» Chazz Palminteri, Bryan Singer, Benicio del Toro, Gabriel Byrne y Kevin Spacey. (Sospechosos habituales, 1995).

Les confieso que había elegido otra frase para comenzar esta pequeña reflexión. Una frase erudita de esas que te hacen parecer interesante y que, a su vez, subía un poquito el nivel de este pequeño artículo. Aunque solo fuese por aquello que siempre nos ocurre a los escritores: pensamos que todo lo que escriben los demás es mejor de lo que jamás podremos escribir nosotros. Pero ha sido recordar esta escena de la gran película Sospechosos habituales y no poder resistirme, hasta me he olvidado del qué dirán (nunca me ha importado demasiado, confieso) y me ha bastado verla para pensar, con una sonrisa, que qué suerte tenemos: esto no es América. Ni ninguna película (aunque tendría su gracia ser el reconociente en una rueda donde figurase como reconociendo Benicio del Toro, ¿o no?).

http://youtu.be/40ONwvqPUx8

Pues eso, que hoy en mi gato nos ponemos la toga para hablar de una de las estrellas de la instrucción: El reconocimiento en rueda. Diligencia interesante donde las haya. No puedo evitar la tentación, una y otra vez, cuando estoy en ese antro donde se practican en el último tramo de los mugrientos y malolientes calabozos de Plaza de Castilla, de intentar la telepatía con el testigo, el reconociente. Me concentro y pienso: «El tres, el número tres, venga, María Dolores, tres, tres, tres, diga tres, tres cerditos, tres Reyes Magos, tres Gracias, tres Mosqueteros, tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena», pero María Dolores muchas veces dice cuatro. Y francamente, no sé si es mejor o peor.

Tenemos que pensar que no es fácil quedarse con la cara de una persona que te convierte en víctima de un delito, y mucho menos plantarse frente a él y decir quién es, por mucho que él no pueda verte (o eso te dicen; y tú te fías; y es verdad). Los calabozos no son un lugar agradable para nadie, y el cuartucho en concreto donde se practican las ruedas no es de lo mejor que he visitado en mi vida. Por no hablar de la oscuridad. Parece una tontería pero estar a oscuras tampoco ayuda. Y eso en lo que se refiere al reconociente. Nosotros, los que estamos al otro lado de la ley, como digo yo (léase que no he puesto nada de lado oscuro, o similar) lo que tenemos son dificultades para montarlas. Piensen que se organizan con los detenidos que haya ese mismo día en los calabozos. En una ciudad como Madrid, puede haber de todo, o puede que justo solo haya un rubio de pelo largo y ojos claros, el reconociendo, ¿de dónde sacamos otros cuatro? Y nos esforzamos por que sean ruedas con personas afines, como no podía ser de otra forma ya que así lo señala la ley (de circunstancias exteriores semejantes), de eso que a nadie le quepa duda alguna.

Las ruedas son como todo, tienen su momento. Las mejores, por razones obvias, son las que se pueden practicar en una fecha cercana a la comisión de los hechos y, al ser posible, sin previa identificación fotográfica en comisaría. Porque, como ya sabrán, la rueda a veces viene precedida de una primera identificación del reconociendo en unas fotos que le muestra la policía al reconociente, de delincuentes que están fichados por delitos similares y que se adecúan a la descripción que facilita aquel. Es lo más habitual, y lo más lógico, por otro lado. Pero claro, las fotos tienen sus peligros. De hecho, yo muchas veces no me reconozco en muchas de las mías. Y luego hay veces que se pretende celebrar una rueda dos años después de la comisión de los hechos. Y miren, no.

Y ya, metiéndonos en harina, les cuento que el otro día tuve un juicio por robo con intimidación y uso de arma, en el que la única prueba era la dichosa diligencia, como en tantas otras ocasiones. Cuando vi entrar al chaval, el reconociente, ya no me dio buena espina. Pidió biombo, y se lo pusimos. Tenía miedo… Es normal. El reconociendo (o más bien, y en este momento procesal, el reconocido), a la sazón en prisión provisional por estos hechos, era uno de tantos. Podía ser culpable o inocente. Pero yo estaba tranquila, al fin y al cabo, en el acta ponía: «Reconoce al número dos sin ningún género de dudas». Había un “pequeño” escollo y es que el letrado había impugnado la rueda porque «el uno y el tres son negros», pero bueno, el acusado era un morenito del Perú, no es tan grave, ¿no?

Interrogo al reconociente con carita de niña buena y mi mejor sonrisa, ambas argucias de andar por casa que suelo utilizar para que el testigo vea que, aunque me siento donde me siento, para él soy la buena. Me explica el robo, me habla de una navaja, de que le quitó su tan preciado móvil de última generación… Todo va bien.

—¿Recuerda usted que realizó un reconocimiento en rueda en el juzgado? —Pregunto.

Él asiente.

—¿Ratifica usted dicho reconocimiento? —Pregunto.

—No entiendo la pregunta —me contesta.

¿Pero qué les ocurre a los testigos con la palabra ratificar? —Pienso.

—Que si la persona que usted reconoció es la que le robó —me explico con paciencia mientras me digo a mí misma tranquila, Rocío, que todos los males vengan por no entender la lengua cervantina.

—Hombre, es el que más se le parecía —me contesta.

Esto empieza a torcerse —pienso.

—Pero en el acta se deja constancia de que usted lo reconoce sin ningún género de dudas —insisto.

—Hombre, tanto como eso… Además, como solo le vi los ojos… Porque llevaba una braga que le cubría desde el cuello hasta por encima de la nariz, y una capucha que le cubría la cabeza.

¿Pero qué has reconocido entonces, hijo mío?, ¿unos ojos? Le mato —pienso, mientras suspiro y me desespero.

—¿Y le vio usted algo característico que le llamó la atención? —Me recupero y ataco de nuevo, segura de haber dado en el clavo ya que tenía una peca XXXL en el entrecejo que le estaba yo viendo desde estrados pese a mi miopía y no llevar las gafas puestas.

—No, yo busqué al que vi en la foto que me enseñó la policía —me apuntilla.

Help! I need somebody —pienso.

—A ver, usted se refiere a que en comisaría le enseñaron unas fotos, y usted en esas fotos reconoció al que le robó, que luego volvió a reconocer en la rueda —le sitúo.

—Sí, bueno, vi en la pantalla del ordenador a varios, les tapaba la cara de forma que sólo se les viesen los ojos, y encontré a este que era el que más se le parecía —me mata.

Ni por esas —pienso—. Y en estos momentos tan maravillosos que a veces te regalan las ruedas, los juicios, la vida… a mí me dio por recapacitar sobre el mundo de los hombres negros (lo siento, me refiero a ellos así con todo el cariño, porque eso de hombres “de color” siempre me deja la misma duda, ¿de qué color?). Hay negros y negros; unos son más negros y otros son menos negros, más bien morenos, como el acusado, pensaba yo, mientras no podía evitar imaginar en la rueda al acusado peruano, un morenito de metro y medio, entre dos negros zaínos senegaleses de dos metros de esos que venden (o vendían) DVDs. Y cuanto más lo pensaba, más veía que mi acusado del reconocido pasaba a ser el absuelto.

Pero para que vean que hay de todo. Siguiente juicio. Mismo delito. La reconociente, en una palabra, impresionante. Una señora mayor a la que le robaron tres individuos y solo pudo reconocer al acusado (y no le atizó con el bolso de milagro). Que llevaba una mochila roja de la que asomaba una pezuña «como de un jamón» (de esas cosas que, de tan absurdas, tienen que ser ciertas) y que fue el que le arrebató el bolso. Me convirtió la navaja en cúter pero bueno, después de haber luchado una rueda de un blanco con dos negros, peccata minuta. Pero el letrado impugnó la rueda «porque el dos y el cuatro tienen la nariz menos separada del labio superior que el imputado. Que el cinco tiene características morfológicas faciales distintas, más claro de piel y que tiene rasgos más caucásicos. Que el dos tiene cara enjuta, muy enjuta. Que el ceño es distinto». Madre de mi vida, ¿pero este señor es letrado o fisonomista? Para mí que lo que quería era formar la rueda con los hermanos gemelos que el reconocido no tiene… ¡Condenado!

Y para que entiendan hasta donde llegamos a veces para que la Justicia triunfe, en una guardia de detenidos, mi juez, que es muy optimista, quería hacer una rueda con un imputado calvo. Yo le dije déjalo, que ha reconocido dos atracos (de cuatro) cuando ha declarado en comisaría, imagino que ahora también los reconocerá. Yo iba con alumnas (dos recientes incorporaciones a la carrera, que estaban de prácticas) y una dijo que no obstante se podía retractar en el acto del juicio y que entonces qué hacemos. Bien visto -le dije, hay que animar a la chiquillería- y nada, no podemos hacer nada. Pero la juez se puso a buscar calvos (ese ímpetu de la judicatura, quién lo entiende). Conseguimos uno. Un funcionario del juzgado, al que a partir de ahora recuerdo como “el Calvo”, que se excusó (yo ya muchas ganas no le vi) diciendo que había tomado declaración a los reconocientes en el juzgado y claro, le habían visto. Nos quedamos sin calvo. De todas formas nos faltaban al menos otros tres. Y esto me recuerda a un amigo policía que me contó que un día se puso de figurante en una agresión sexual, porque estaban escasos y daba el perfil, con la mala suerte de que le reconocieron a él.

Otro problema que es muy curioso y a la vez muy recurrente en las ruedas es el de los porcentajes. Cuando el reconociente, en su inocencia dice «es el tres, en un 80%»… Pues no sé muy bien dónde nos deja eso. Claro que nada como el otro día, que me dijo uno «estoy seguro a un 67% de que es el cuatro». Así, sin inmutarse. Y recuerdo, aunque esto solo me ocurrió esa vez y no tiene nada que ver con los porcentajes sino con los nervios, que el abogado de la acusación particular, como el reconociente no reconocía, en ese silencio tenso en el que me apetece hasta hacer un redoble de tambor, no aguantó lo suficiente y dijo «no le sonará, por causalidad, el número cuatro».

Así que si un día les toca visitar el antro (Dios no lo quiera), acuérdense de mí. Vayan tranquilos. Si reconocen, bien; si no lo hacen, también. Y quiero que piensen que ese reconocimiento puede suponer varios años de prisión para una persona. Hay que estar seguro. Los porcentajes, para los economistas. Si le vieron y le pueden reconocer, bien; si no, qué se le va a hacer. Como decían unos filósofos ilustrados de allá por el siglo XVIII (Montesquieu, Rousseau, Voltaire…, y esta es la frase a la que me refería al principio): «Para la sociedad civilizada es preferible la absolución de un culpable que la condena de un inocente». Pero no se preocupen, la honestidad del reconociente, así como la honradez y la profesionalidad de la policía, se presume. ¡Si se presume hasta la inocencia del reconociendo-ido!, ¿o qué pensaban?

Y bueno, me refería a si van como reconociente. Sin van como reconociendo, ¡pónganse derechos bajo el número y mirando al frente! Como Aki, que miren qué recto se planta. A mí me da que es el tres, ¿ustedes qué opinan?

Nadia (Esperanza)

“El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas” (Ovidio).

“Cinco de marzo de 2007. Amanece. Un rayo de luz ha encontrado una pequeña rendija en la persiana y ha decidido jugar con un mechón de mi cabello que descansa sobre mi pecho, reflejando los colores del arco iris. Y me pierdo entre el rojo y el azul añil, imaginando la caída del sol sobre el mar en el horizonte de una playa lejana. Él sigue durmiendo. Le miro de reojo y sin apenas moverme; no quiero que se despierte. Me encanta verle dormir. Parece otro hombre; el hombre al que quiero; el hombre del que me enamoré. 

Me levanto sigilosamente para intentar recoger la habitación. La lámpara me impide pasar hacia la puerta. Está hecha añicos que se distribuyen esparcidos por el suelo formando el macabro dibujo de una especie de cara deformada. El regalo de bodas que nos hicieron mis padres hecho pedazos. Qué ironía. Decido dejar el desastre para más tarde no sea que él se despierte, quiera desayunar y el desayuno no esté preparado. 

Mientras humea el café, cierro los ojos y consigo que mi mente se relaje imaginando que soy otra mujer, una mujer distinta, una mujer feliz… hasta que siento que se acerca por el pasillo. Apenas hace ruido, pero mis cinco sentidos están en guardia desde hace tiempo. Nada más entrar, sin ni siquiera mirarme, coge su taza. No se da cuenta de que está muy caliente y se quema. Nuestros ojos se encuentran. Los suyos reflejan ira; imagino que los míos miedo. Agarra la cafetera sin que me dé tiempo a reaccionar y me la lanza a la cabeza. Soy capaz de esquivarla, lo que le enfurece aún más y se acerca con la mano en alto. Me da un golpe en el lado izquierdo de la cara que me deja el oído pitando. Grita, pero no le oigo; lloro, pero no le importa. Me golpea de nuevo, esta vez con el puño y en el mentón. Noto que algo sale de mi boca, creo que es sangre, y me hago un ovillo tirada en el suelo para intentar que me vea indefensa y no me golpee más, pero mi indefensión le hace sentirse más fuerte, y me da una patada en el estómago. Ya no lloro; él tampoco grita. Noto cómo me coge en brazos y me saca de casa, ¿adónde me lleva? Solo siento miedo y oscuridad. Me tira por las escaleras. Mi cuerpo rueda escalones abajo sin hallar obstáculo alguno, y cuando creo que llega mi final, la suerte se pone de mi parte porque tiene suficiente y se va.

Apenas puedo moverme. Consigo bajar el último tramo que me falta para llegar al portal, entre medio agarrada a la barandilla y medio arrodillada por los peldaños. Abro y me quedo allí, en la calle, sentada y apoyada contra la pared. Alguien me agarra suavemente del hombro. Vuelve el miedo… es él. Su forma cariñosa de tocarme me dice que viene a pedirme perdón. Otra vez. Como siempre. Dice algo pero no le entiendo. Levanto la cara y me doy cuenta de que no veo bien porque mis lágrimas no me dejan. Lleva una gorra y viste de azul, y por fin sonrío, entre aliviada y asustada. Es un policía. ¿Quién habrá llamado a la policía? Espero que él no me esté viendo. No puede saberlo jamás. O me matará. El policía llama a una ambulancia y está preocupado por lo que puedo tener en la mano. Me veo la mano derecha cerrada y agarrotada y no la puedo abrir, pero no tengo nada, se lo prometo…”

Ya han pasado dos años desde aquello y a mí me parece que fue ayer. Lo siguiente que recuerdo es el hospital. Me pusieron a un policía en la puerta para vigilar y que yo estuviese tranquila lo cual fue muy de agradecer, pero él seguía conmigo. Le veía en mis sueños. Cuando era otro hombre, cuando éramos una familia feliz y jugábamos los tres, cuando nuestro pequeño lo era todo… pero no quiero hablar de eso. También estaba en mis peores pesadillas, cuando bebía y me gritaba, cuando no bebía y me pegaba… Él. Siempre él. Y lo que es peor; aún le veo.

Hoy es el gran día, me dice mi vecina, una de las persona que más me ha apoyado durante todo este tiempo. Gracias a ella ya no estoy con él, gracias a ella estoy en este otro nuevo infierno; el infierno de ser una mujer maltratada; el infierno de ser digna de compasión, de los hogares de acogida, de las ayudas; el infierno del miedo en cada esquina… porque él va a volver. Yo lo sé.

Hoy es el día del juicio. Mi hombre se enfrenta a 7 años de prisión por lo que me hizo, no solo ese día, sino muchos otros. El fiscal se ha vuelto loco, ¡7 años de prisión! Y luego, ¿qué? Me han citado para declarar como testigo y me dicen que tengo que contarlo todo. ¿Y él? Él estará ahí, a mi lado, escuchándome. Debe de ser una broma. Me reiría, si el miedo no me hubiese paralizado todos los músculos de la cara. Pero que no me preocupe porque podemos evitar la confrontación visual con un biombo, dicen. ¿La qué con qué? Creo que me voy a morir. Esto es peor que cualquier paliza. Pero mi vecina me viene a buscar a casa y yo simplemente me dejo llevar… Al parecer a ella también la han citado a declarar, ¡a ver qué va a contar! Qué vergüenza.

Mientras espero fuera siento que me falta el aire. Y por fin mi nombre. Al entrar veo la que al parecer es la sala de vistas, y veo al juez, si hasta se parece a él… Empiezo a sudar. No diré nada. Nada en absoluto. Y de repente ahí está, sentado en un banco, rodeado de dos policías. Se gira y me mira. La sangre se me coagula, lo estoy notando. ¡Pero dónde está el biombo ese! Oigo a la fiscal decir que debería haber entrado por no sé dónde para evitar la confrontación esa; oigo al juez llamándome diciendo que ya no hay remedio, que me acerque. Y por fin me ponen el biombo.

Me tiemblan las piernas. Me voy a caer. Que alguien me sujete, que no puedo. Me voy al suelo… y en ese preciso instante me rescata una pregunta. Que si juro decir la verdad. Hombre, si me lo preguntan así… Juro.

La fiscal empieza a preguntarme sobre banalidades. Es muy joven; no creo que tenga los treinta, ¿qué va a saber ella sobre nada de la vida?, qué atrevimiento. Y por fin debe de haber pensado que es el momento de atacar y me pregunta: “¿Qué ocurrió el día 5 de marzo de 2007?” No me acuerdo, le contesto. Veo la mueca en su cara. Vuelve a preguntármelo y le digo que no quiero declarar contra él. El juez me mira con cara de pocos amigos y me dice que no tengo ese derecho, que ya no somos pareja. El abogado de él dice que yo tengo razón, que no tengo obligación de declarar. Pero el juez insiste… Y yo le siento a mi espalda. Hasta le oigo respirar. Y me parece escuchar cómo su cabeza va planeando la venganza. Su terrible y brutal venganza… contra mí.

Mientras la fiscal me sigue bombardeando, yo doy respuestas sin sentido. Me pregunta qué es lo que escondía en la mano el día aquel cuando llegó la policía. Y dale con eso, que no tenía nada en la mano. Niego con la cabeza y me deja por imposible. Siento que he ganado hasta que, en un último instante, nuestras miradas se encuentran y veo la decepción, la compasión y la tristeza en su cara, y sin embargo me sonríe… lo que me hunde en la miseria al entender que ella está de mi lado y yo no he sabido darme cuenta ni estar a la altura. La he decepcionado. Y a mi vecina, y a mis padres, y a mi hijo, y a todos… hasta a mí misma.

A la salida veo al policía que me ayudó aquel día y rompo a llorar. Me abraza. Me dice que no me preocupe, que todo va a salir bien. Quiero explicarle por qué no he podido, pero de mis labios solo salen sollozos. A él no parece importarle y simplemente me abraza cada vez más fuerte.

Mi vecina me lleva a casa y se queda conmigo esa noche. No me recrimina nada. Ni un mal gesto, ni una mala mirada. Y me dice que ya ha pasado todo, que no me preocupe, que ahora necesito descansar.

Me llamo Nadia Rachid. Mi nombre es árabe y significa Esperanza, esperanza que un día perdí, cuando ese hombre al que yo amaba me trató como si no fuese nadie, y sin darme cuenta me obligó a vivir en una cárcel que yo creí real, pero que en verdad estaba construida con unos barrotes invisibles, como sombras, aunque a mí me mantuvieran presa como si fueran de hierro.

Nota.- Basado en una historia real. El acusado fue condenado gracias al testimonio del policía, de la vecina, y de otros testigos que pusieron cada uno su pequeño grano de arena. No sé qué habrá sido de aquella mujer. Lo que tenía en la mano era una muela que él le arrancó de uno de los golpes.