TÍTERES CON CABEZA

«Un nuevo libro, Marcus, es un nueva vida que empieza. Es también un momento de gran altruismo: ofrece usted, a quien quiera descubrirla, una parte de sí mismo. Algunos le adorarán, otros le odiarán. Algunos le convertirán en una estrella, otros le despreciarán. Algunos se sentirán celosos, otros interesados. No es para ellos para quienes escribe usted, Marcus. Sino para todos los que, en su vida diaria, habrán pasado un buen momento gracias a Marcus Goldman. Me dirá usted que no es gran cosa, y sin embargo, no está nada mal. Algunos escritores quieren cambiar el mundo. Pero ¿quién puede realmente cambiar el mundo?» La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joel Dicker).

Media hora he tardado en encontrar el manuscrito. Lo dejé a buen recaudo en la sierra de Madrid (en una casa que por fortuna tengo allí, no vayan a pensar que lo había enterrado en alguna montaña). De estas veces que guardas con tanto celo algo, que luego no eres capaz de recordar dónde lo has puesto. Por fin apareció entre mi ropa interior (¿qué quieren que les diga? Tenía que esconderlo, por si acaso). Y ahí estaba: 339 páginas, tamaño folio, espacio y medio. Títeres con cabeza, reza el título. Por Rocío Durán Bollo (esa voy a ser yo). Lleva tres meses reposando allí. Esperándome.

¿Que qué he sentido al reencontrarme con él? Es duro decirlo, pero he sentido ansiedad y, quizá, algo de miedo. Odio la ansiedad. Es un sentimiento que me aflora con demasiada frecuencia. Cuando tengo un juicio complicado, cuando surge un problema, cuando echo de menos a alguien… cuando afronto la última corrección de mi primera novela.

Era de prever. Puede que por ser la última (corrección) o puede que por ser la primera (novela). O puede que por ambas cosas. Aunque esto de escribir libros es muy probable que sea como una vez me dijo un jefe sobre los juicios, cuando yo me enfrentaba a celebrar mi primer asunto en la Audiencia Provincial de Tarragona: “Esos nervios de antes del juicio oral nunca se pasan”. Y qué razón tenía. Creo que ahora está en el Tribunal Supremo, así que no les hablo de cualquiera. Y en cuanto al miedo… dicen que roba sueños. El mío no me lo va a robar (quizá sería hurto, al no haber ni fuerza, ni violencia, ni intimidación… perdón, gajes de mi otro oficio, con el que pago la hipoteca) aunque solo sea por la cabezonería que me gasto.

Y ya que hablamos de mí. Todo el que me conozca sabe que el orden no es mi fuerte. Esa foto que ustedes ven en este artículo, que es de mi escritorio serrano, ha sido realizada ad hoc, porque cuando escribo soy una especie de caos entre cuadernos, notas, pósits, pluma, bolígrafos y ordenador. Más o menos como cuando vivo, pero esto último sin los útiles de escritura. Puede que por eso me haya costado más de dos años acabar este manuscrito. ¿El resultado? Mis padres están entusiasmados. Mi madre incluso se ha planteado hacer una fiesta con banderitas, bizcochos y pastelitos invitando a toda la vecindad y colocando fotos de la autora, su hija, all around the house (mentira, que eso es muy yanqui y nosotros somos más de cocido), pero ustedes ya me entienden. Por no hablar de mi yaya, que a sus 94 años y tras una vida dedicada a la lectura, ya no puede leer, porque apenas ve, pero ha hecho prometer a su hija, mi tía, que se lo leerá. Y ya solo por eso ha merecido la pena.

Mis lectores beta, que con una inmensa generosidad han tenido a bien perder unos días de su tiempo para ayudarme, me dicen muchas cosas, que yo resumo en una: el libro necesita más trabajo. Me encanta esta palabra: trabajo. Porque depende de uno mismo. En este caso, depende de mí. No soy una persona demasiado inteligente, creativa, organizada o audaz. Pero a trabajadora no me gana nadie. Si a eso le unimos mi cabezonería y mi ilusión… parece que no voy a poder tirar la toalla.

Y sobre cambiar el mundo con libros, o con este libro… de eso ya les hablé en una crítica literaria que escribí sobre “Hombres buenos”, una bonita novela de Pérez-Reverte. Cambiar el mundo, así en general, se presenta complicado para una sola persona. Cuando opositaba pensaba que podría hacerlo tras sacarme la plaza. Después de trece años de ejercicio ya se me ha pasado. Quiero decir que ahora sé a ciencia cierta que no puedo. Al menos sola, no puedo. De que pongo mi granito de arena no hay duda. Y grano tras grano, tenemos la montaña. Aunque hay días que el único fruto que creo recoger es un agujero en el suelo. Pero no me rindo. Nunca.

En resumen, que me desparramo: no creo que mi libro vaya a cambiar el mundo. Pero, si me permiten otra comparación con mi profesión, puede que los libros sean al mundo lo que los indicios al procedimiento penal. Un solo libro no va a cambiar el mundo, tanto como que un solo indicio no va a probar un hecho delictivo, ni condenar a su autor. Pero un libro, más un libro, más un libro… exacto, soy un petardo. Lo asumo.

Es importante que sepan que me gustan los libros profundos. Los que hacen pensar. Quizá porque a mí me gusta pensar. No es un libro solo para entretener. Es un libro para meditar. Si bien utilizo una trama interesante (espero) como vehículo, el libro tiene su enjundia. No sé escribir de otra forma. En realidad imagino que quería lo que todo escritor quiere cuando escribe un libro: escribir el libro que yo querría leer. Y sé que me va a dar pena un cosa. Despedirme de ellos; despedirme de los personajes y, sobre todo, de ella, Laura Lizaurz, la protagonista de esta historia. Y ya anuncio que la recuperaré para una tercera novela (la segunda es totalmente diferente), a no ser que muera al final… (redoble de tambor).

Lo peor es que hay mucho de mí en esas páginas, aunque imagino que solo los que me conocen de verdad conseguirán descubrirlo. Y eso es duro mostrarlo. Los que no me conocen, tampoco espero que se pongan celosos ni mucho menos que me desprecien. Pero sí me encantaría que pasasen un buen momento gracias a mí. Y que luego lo comentásemos en este blog o caña mediante, quién sabe. Lo que sí puedo asegurar es que este libro lo he escrito para todos ustedes. Por eso mismo, por el respeto que me merecen, y porque me lo ha enseñado un amigo escritor, necesito que sea el mejor libro que podría haber escrito. Y para conseguirlo debo encerrarme de nuevo a trabajar. Luego ya, si no les gusta… me temo que escribiré otro.

¿Esta novela llegará a ver la luz? Para ello es necesario que yo, al leerla, me sienta lo suficientemente satisfecha como para querer compartirla (espero conseguirlo). Y lo más importante: que una editorial quiera apostar por mí y publicármela. ¿Eso está en mi mano? En cierto modo puede que sí. Pero yo no podría hacer de una parte de mí misma, de una vida que empieza… un producto vendible. No sería yo. No sería mi literatura. No sería nada.

Ya me despido. Pero solo hasta que tras trescientas cincuenta páginas en tapa dura (por soñar…) lean la palabra FIN.

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EL GRAN HERMANO

(Originalmente publicado en El Calzador El Gran Hermano | el calzador https://elkalzador.wordpress.com/2015/03/21/el-gran-hermano/)

«¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza? ¡Quién!» (Jorge Berrocal, GH 1).

De repente desperté. Estaba sentada en el suelo, rodeada de vete tú a saber qué. No tenía recuerdos. Los busqué. Ni endebles, ni lejanos, ni borrosos… Nada. Mi vida era la nada. Entonces pensé en abandonar. El que nada tiene, nada pierde, creo que dicen, pero toqué algo con mi mano. Era un peldaño. Había más, claro, y me puse en pie. Llamadlo que te salve la vida un peldaño, aunque creo que instinto de supervivencia quedaría más chic.

Al subir las escaleras no podía ver. Parecía oscuro pero no era falta de luz, era que yo no podía abrir los ojos. Aun así, subí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me armé de valor y comencé a andar, peldaño tras peldaño, con mucho cuidado, palpando el terreno con la planta del pie, con esa sensación de incertidumbre que provoca lo desconocido, hasta que algo me hizo detenerme. Mi instinto me hacía seguir recto, pero la escalera giraba hacia la izquierda. No tuve más remedio que seguir agarrada a la barandilla, allá donde me llevaran aquellos peldaños. Tenía un mal presentimiento. No debí subir. Pensé en retroceder, pero no lo hice, a saber por qué.

Por fin llegué arriba. Había una pared con uno de esos espejos antiguos grandes. No lo vi, lo supe porque lo toqué. Impresiona sentir que cuando no puedes ver, los demás sentidos se multiplican por cien. Un poco de luz, un destello… Hay alguien a mi espalda. Veo un reflejo en el espejo pero no alcanzo a distinguirlo bien. «¿Hola?», escucho mi voz, más temblorosa de lo que yo habría deseado. Nada. No obtengo respuesta. Me giro para poder verlo mejor, sin reflejos por medio, pero ya no está. Creo que me lo he imaginado. ¡Si no puedo abrir los ojos! ¿Será que habré oído algo?

Decido volver a bajar. Empiezo otra vez, peldaño a peldaño, barandilla en mano. La bajada se me está haciendo eterna. Me impaciento, aprieto la marcha, un pie me falla y caigo. Voy dando tumbos hasta el final de la escalera pero no parece que me haya hecho demasiado daño.

Otra vez abajo. Parece que vuelvo al punto de partida… Si no fuese porque mi mano ha tocado algo. Una especie de cordones. Es un zapato. «¿Hay alguien ahí?», pregunto, absurda, porque ya le estaba agarrando el pie. Me levanto lo más rápido que puedo, pero ya es tarde. Me agarra por la espalda. Intento zafarme. No puedo. Le golpeo entonces. Mi patético puñetazo le acaricia el rostro. Y oigo su risa. Su vacía y soberbia risa. Empiezo a correr. Me persigue. Sigo sin poder ver. Puede que lo más sensato hubiese sido subir por la escalera. Más vale territorio malo, trillado y conocido, que bueno por trillar y conocer, pero corro sin pensar. Me golpeo contra una pared. Giro y me lo encuentro de frente. Me agarra del cuello y me empotra contra la misma pared. Noto cómo mis pies suben dos o tres dedos del suelo y cómo me quedo sin aire mientras siento su aliento en mi cara. Es el final. Mi cruel, miserable y lento final.

Levanto la rodilla y la estrello contra él. Grita y me suelta. Caigo al suelo. Oigo mi tos. Sé que no tengo mucho tiempo pero apuro los segundos para pensar hacia dónde ir. De rodillas, estiro los brazos y apoyo las manos en el suelo. Estoy mareada. Respiro. Mi corazón late a destajo, lo escucho en mis sienes. Tiene que haber una salida en este maldito lugar que me libere de esta pesadilla, ¿por qué no la encuentro? Aún no puedo ver. Intento abrir los párpados pero no me responden. Me levanto y camino a ciegas en busca de algo que me dé una mínima esperanza. Y por fin lo encuentro. Es una puerta. La abro.

Y entonces caigo. Es una caída larga, lo presiento. Y me acuerdo de mi padre. Él dice que si alguna vez caigo al vacío debo simular con mis brazos las alas de un pájaro para mantenerme recta; y volar. Si no, mi cuerpo empezará a girar. Así que doblo ambos brazos de forma que mis puños alcancen mis pechos y empiezo a intentar volar con los codos. Y me acuerdo del Gran Hermano. No del de Orwell sino del de Mercedes Milá. Y pienso si esto no será una nueva versión en la que me dejan inconsciente y con los ojos tapados en una casa abandonada y me hacen huir rodeada de cámaras. Y me siento imbécil. Estoy saliendo en prime time haciendo la gallina Caponata. Imagino que habrá una colchoneta donde tomar tierra, sonará esa música estridente y todos se reirán. Esos patéticos mirones. Se reirán de mí.

Demasiado larga la caída para ser eso. Puede que sea real. Voy a morir «batiendo mis alas». Una ya no puede ni morir con dignidad. Asco de país. Y me acuerdo de Alicia. De la Koplowitz no, de la del País de las Maravillas. De cómo calculaba las millas que había descendido cuando por su curiosidad infantil se asomó a la madriguera del conejo aquel, e imaginaba que podía llegar hasta donde viven los «antipáticos». Hasta las antípodas, caray, Alicia. Se dice antípodas, maldita sea. Los antipáticos viven en todas partes, que pareces nueva.
Y mientras pienso, divago y descargo mi ira en un personaje de ficción, sigo cayendo. Al menos Alicia me ha dado una última esperanza, ¿no será todo un sueño? Ahora vendrán mis hijos a saltar sobre mi cama diciendo «mamita, mamita, tengo frío. Abrázame». Y me acuerdo de ellos. Sonrío.

Golpeo súbitamente el suelo. El ruido se ha tenido que oír hasta en Antena 3. Abro los ojos. Sigo sin ver, pero al menos puedo abrirlos. ¿Dónde estoy? Mercedes Milá no, por favor, Señor, te lo ruego. Que seas tú… aunque esté muerta, que seas tú. Y entonces me olvido de mi entorno, de mi miedo, de mi dolor… y pienso en mí. Repaso mi vida. Recuerdos, lejanos y cercanos, vuelven de golpe a mi cabeza. Me invade una angustia desconocida que nunca antes había sentido. ¿Vivo para los demás? ¿Para el qué dirán? ¿Desde cuándo mi miedo al ridículo es mayor que mi miedo a la muerte? Y me oigo gritar: «¡Espectadores, vivid vuestra vida, os demandaré a todos!», y me acuerdo de Belén. De la ciudad no, de la Esteban. ¿Quién me iba a decir que esa mujer y yo podríamos tener algo en común?
Alguien se me acerca. Si es a matarme, estoy muerta; aunque juraría, a lo Sioux, que viene en son de paz. Debe de ser el Súper.
  —¿Estás bien?
No. No es el Súper. Estoy amnésica, no puedo ver, me han intentado matar, he caído al vacío durante varios minutos y me he estrellado contra el suelo. La cara que debo de tener… Y me pregunta que si estoy bien. Definitivamente no es el Súper. Es un imbécil.
—Te han encontrado desmayada en tu casa. Ha tenido que entrar la policía tirando la puerta abajo. Estás en un hospital. Has sufrido un ictus. Llevas un mes en coma. Creíamos que te perdíamos. Ha sido un milagro.
Oigo a alguien llorar. Giro la cabeza. No puedo verle pero sé quién es. Llevo observando esos ojos verdes desde que tengo veinte años, y ahora no puedo verlos. Qué ocurre, maldita sea. Ahora sé lo que es el miedo. Lloro con él. Y me acuerdo de Judá. De Judas no, de Judá Ben-Hur, de cuando le condenaron a galeras a remar. Visualizo a Charlton Heston sudoroso y medio desnudo remando al ritmo de aquellos tambores «pum, pum, pum». Es el mismo ritmo al que siento caer las lágrimas por mis mejillas. Es muy rápido, lo sé. Intento frenarlas, pero mis ojos han decidido ir por su cuenta en todos los sentidos. Entonces nos abrazamos. Y me olvido de todo.
  —¿Puedes ver?
Ahí está otra vez el imbécil, rompiendo el hechizo.
  —No —le digo—, no veo nada. Pero, ¿y mi cuerpo? Porque el golpe ha sido tan fuerte que se ha debido de oír… —me freno, por suerte, antes de decir lo de Antena 3. Lo mismo si lo digo me encierran. Ciega y loca: carne de psiquiátrico—. Y me acuerdo de Jack. Del destripador no, de Nicholson, en «Alguien voló sobre el nido del cuco». En realidad me acuerdo de Randle y de Chief, y de la enfermera Ratched… qué ambientazo tenían en aquel lugar. Y decido callarme, por lo que pueda pasar. —No lo sé. Tendremos que hacerte muchas pruebas.

El imbécil no se entera. Necesito que me digas que sí, que todo va a salir bien. Aunque sea mentira. Ahora es lo que necesito oír. Lo necesito. Y se lo pregunto a él. Y me lo dice. Y vuelve a abrazarme. Oigo cómo el imbécil se va. Y me inunda la Paz. Así, con mayúsculas. Hasta que vuelve a entrar. Esta vez no viene solo. Oigo a mi suegra y a mi cuñada diciéndole lo que tiene que hacer, como si de doctoras en Medicina se tratase. Pero, ¿quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza? ¡Quién!

LA CABALGATA DE LOS REYES MAGOS


La cabalgata es uno de los momentos más bonitos de la Navidad. En las grandes ciudades, como Madrid, es espectacular. No se nota la crisis. Un derroche de luz, color… impresionante. Yo nunca voy. Mis hijos son muy pequeños, mi familia se escaquea, y yo sola no me veo. Yo les llevo a la de mi barrio, que es muy recogidita. Siempre te encuentras con la típica señora que te arrolla para coger un caramelo que ha caído a tus pies y encima te mira mal, pero eso es un clásico que va en el lote; qué sería de la cabalgata sin ellas. Pero esos padres que tiran para la Castellana escalera en hombro y churumbeles en mano… no. Si eres como yo te voy a contar mi secreto para que tus hijos puedan disfrutar de la cabalgata sin salir de casa. Lo he llamado: “Que lluevan caramelos en el salón” y se trata de un técnica fácil y barata, pero muy eficaz. (Lo explico bilingüe por si hay extranjeros leyendo).

Lo que necesitas (what you need): A tu marido, a tus hijos, tu sofá, tu televisión (mi Samsung de 40 pulgadas es perfecta para mi pequeño salón. Tú, la que tengas, que seguro que es mejor) y caramelos “a go-go”.

Cómo hacerlo (how to do it): Tu marido se sienta en un extremo del sofá y tú en el otro. Los niños en medio. Si tienes cinco hijos (te acompaño en el sentimiento) os achucháis, pero tenéis que caber todos, y si es posible, en línea. El televisor queda enfrente (obvio). Os repartís los caramelos entre los dos, y apagas la luz. Vamos con la técnica del lanzamiento: Yo lanzo, tú distraes; tú lanzas, yo distraigo. Es decir, tu marido dice: “Mirad quién está en la ventana”, tus hijos miran y ¡ZAS!, tú lanzas un puñado de caramelos. Y luego, al revés. ¿Fácil, no? pues no tanto.

 Lo que puede ocurrir (a problem-a solution):

1.- Que tu marido pretenda escaquearse. Tú puedes hacerlo sola y lo sabes. No te has chupado tardes, sábados, domingos y fiestas de guardar sola con los niños. Les has llevado al cine, al teatro, al circo Price, al circo de La vaguada, al zoo, a Faunia, al Parque de Atracciones, a la Warner y hasta a tirar miguitas a los patos en el retiro con un frío que pela. Pero hoy NO. No transigimos. Porque no hay fútbol, ni baloncesto, balonmano, voleibol, tenis, rugby, atletismo, lanzamiento de jabalina, de martillo, de disco, salto de pértiga, salto de longitud, patinaje artístico (ya le vale), natación sincronizada (tendrá valor), sumo… (ooooooooooohhhh, ¿que tu marido se escaquea diciendo que va a ver sumo? ¿Pero a quien le gusta le sumo? ¿¿¿el SUMO??? Eso tienes que mirárselo). Hoy no hay cena (ni copas) con los amigos del colegio, ni del instituto, facultad, master, trabajo, congreso, seminario, conferencia, gimansio, Twitter, club social… NO. Hoy vienen los Reyes. ¡Pero si NO PARA! Le van a dar el premio al “salido” del año (salido en el sentido de que sale mucho, yo de lo otro no sé nada, ni insinúo). Al sofá.

2.- Que tu suegra os haga una visita sorpresa: dinnnnng-donnnnnnng. Ignoramos timbre. Ella insitirá, ya la conoces. Aguanta. Tu marido, que pese a ser su madre también la conoce, te dirá “¿no será mi madre?” Mientes. “NO, acabo de hablar con ella y está tranquila en casa”. Te darán ganas de abrir la puerta y gritar: “¡¿No ves que no estamos?!” Pero NO. Resiste. Se irá.

3.- Que tu cuñada (sí, justo, esa en la que estás pensando) que sí ha ido al lugar de los hechos y encima ha liado a su marido (¿cómo lo hace?) te envíe un whatsapp, foto incluida, con el mensaje “qué bien lo estamos pasando en la cabalgata” (mentirosa, si no sientes los pies del frío que hace, y la vieja de tu derecha te ha pisado el meñique con la escalera). Nos anticipamos. Eliminamos contacto antes de que empiece el evento. Tranquila. Lo recuperarás después. Por suerte o por DESGRACIA. Y si no, más se perdió en Roma. (Aunque esa breva está muy verde y no creo que caiga).

4.- Que te quedes sin caramelos. La cabalgata es larga. Raciona. Lo haces con la compra semanal, hazlo ahora con los caramelos. Hay una serie de carrozas que yo llamo “Pre-Reyes”, y son muchas. A tu hijo no le hace especial ilusión que un señor que se ha embutido en una malla color plata con dos alas en la espalda y que va sobre una carroza que emula un lago, le lance caramelos. Guárdalos para los Reyes, y lanza cuando salga Bob Esponja, Dora la Exploradora, Pocoyó y como mucho Leticia Sabater o la rana Gustavo, pero poco más. Si aún así te quedas sin ellos, reciclamos. Seguro que te sobraron de Halloween. Siempre sobran. Y si piensas que tus hijos no se van a creer que Melchor les lance un caramelo con forma de calabaza con colmillos, te equivocas. (Estoy pensado que lo más seguro es que tus hijos no sepan quién es Leticia Sabater, y puede que lo mejor sea que no les hables de ese “personaje” de tu infancia. Si sale en alguna carroza, disimula). 

5.- Que alguno se lleve un caramelazo. Nos anticipamos. Compramos gominolas y caramelos blandos. Cuidado con el reciclaje. Sé que te han sobrado un millón de adoquines que compraste cuando fuiste al Pilar. No los uses, sobre todo si son de esos XL (¿para qué narices compras eso? Si no se los come ni Dios). ¿Tú no sabes que allí tienen vino? Somontano. Vale, que es de un poco más arriba, provincia de Huesca (¡de la comarca de Somontano! ¿O qué?). Yo te lo explico (los que no hayan comprado adoquines, pueden saltarse esta parte):

Tú has estado en Zaragoza. Zaragoza está en Aragón. Tú has estado en Aragón. (Silogismo).

El Somontano es de Huesca. Huesca está en Aragón. El Somonanto es de Aragón. (Silogismo).

Si tú has estado en Aragón y el Somontano es de Aragón, puedes traerte un Somontano como presente de Aragón.

Los silogismos siempre nos ayudan a entenderlo todo mejor. Úsalos (esto ya como norma de vida).

Este problema de los caramelazos puede (y suele) ocurrir por realizar mal la técnica del lanzamiento. No se trata de que parezca que los caramelos salen de la televisión hacia tus hijos. Estás en línea con ellos, luego es imposible. El efecto “boomerang” es muy difícil de conseguir con los caramelos. Cuando los lances hacia el televisor, tú pensarás que les has dado efecto, pero acabaran chocándose contra él. El año pasado mi marido lo intentó (yo tengo cabeza) y se cargó un jarrón, dos ceniceros, un marco de fotos y “picó” la Samsung. CUIDADO. El lanzamiento es HACIA EL TECHO, para que los caramelos, tras dibujar una parábola para esquivar la lámpara (ojo) caigan a los PIES de tus hijos. Si a pesar de todo hay caramelazo, aplicamos hielo.

6.- Que tu hijo te vea lanzar. Si te toca lanzar a ti y tu hijo te está mirando, no lances. Tu hijo tiene mucha ilusión, cree en los Reyes Magos y es pequeñito e inocente, pero no es tonto. Ni ciego. Si eso ocurriera, cambia las tornas. Distrae tú, y que tu marido lance (y dile que distraiga mejor). Venga, esa complicidad de tantos años de matrimonio, ¡QUE SE NOTE!

Esto es todo. PRUÉBALO, hazme caso, FUNCIONA.

No hay nada más bonito que la inocencia y la ilusión de los niños en Navidad. Tienes hijos. DISFRÚTALOS. Que luego crecen y se convierten en unos mazorcos que sólo piensan en salir de copas con sus amigos (herencia de su padre).

¡Felices Reyes a todos!

LA LLEGADA DE LOS MAGOS

(Publicado originalmente en El Calzador https://elkalzador.wordpress.com/2016/01/06/la-llegada-de-los-magos/ )

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

(Evangelio según San Mateo 2, 1-2).

Eran las seis de la mañana, pero Javichu no lo sabía porque no tenía reloj. Sus siete años recién cumplidos le permitían vivir perfectamente sin necesidad de controlar el tiempo. Y por muchos años más…

Lo que Javichu sí sabía es que estábamos en Navidad. Pues no se lo habían dicho veces… Por no hablar del festival en el cole, de los anuncios de la tele y del turrón en los supermercados. Sentía que la ciudad tenía un aire especial, y en su salón lucía un precioso abeto lleno de piñas, pequeños renos, estrellas y bolas de colores. Además, cuando apagaba las luces, el árbol brillaba por la multitud de bombillitas que lo decoraban. Eso lo tenía claro: en Navidad se decoraba un abeto, se comía turrón y todos parecían felices y cantaban villancicos a su inocente juicio sin mucho sentido, sobre peces que bebían en el río, burritos sabaneros y campanas que se ponían sobre otras campanas como si de elefantes que se balanceaban en la tela de la araña se tratara, si se le permite la comparación; pero ya lo de que el Niño Jesús había nacido y tal… se le hacía algo más difícil de creer. ¿Dónde estaba, entonces? En todas las casas había un Nacimiento; el Misterio, lo llamaban. Para misterio lo de este Niño que nadie ve más que en figurita. Ese chiquirritín, chiquirriquitín metidito entre pajas, ¡¡metidito entre pajas!! No daba crédito. Por no hablar del Buey, o de la Mula… Y luego estaba la Virgen María. Él quería a esa mujer. Desde la primera vez que la vio en una procesión en una calle de Málaga. Desde entonces, le encantaba ir a misa. Su madre creía que iba para cura y que tenía una vocación temprana, pero no. Lo que ocurrió es que esa mujer le hipnotizó, pero tampoco conseguía verla en persona. No entendía nada.

Pero Javichu no iba a insistir demasiado en esas cuestiones. Si los mayores lo dicen, ahí estarán la Virgen María, el Niño Jesús y compañía. Además, eso no era lo importante. Lo importante de la Navidad para un niño de siete años, como todos ustedes ya imaginarán, eran los Reyes Magos. No por ellos en concreto —que tampoco es que fuesen especialmente interesantes—, sino porque traían los regalos. Esa era la Navidad para Javichu, muchos y estupendos regalos. Y lo mejor: los traían unos Reyes que, al ser magos, no ponían pegas con el precio. Su madre, la semana pasada, le había intentado colar el rollo de que el DigiGo estaba agotado porque, aunque los Reyes eran Magos, no podían hacer la magia suficiente para que todos los regalos pudiesen llegar a todos los niños del mundo. Bobadas. Él estaba seguro de que su Baltasar y compañía jamás le fallarían. Y esperaba como loco ese móvil para niños. Así podría mandarle mensajitos a mamá, que se pasaba todo el día con el Whatsapp y el Twitter. Mama “tiqui-tiqui”, como solía llamarla él, haciendo el gesto de escribir con sus deditos en un móvil; y seguro que le haría mucho más caso. Era el plan perfecto.

javichuEsa mañana era el día tan esperado y se levantó a pesar de la hora: Por fin era el día de los Reyes Magos. Intentó no despertar a su hermana, lo que le costó una barbaridad ya que, como decía que tenía miedo, se había tumbado literalmente encima del lado derecho de su cuerpo. Qué agobio. Cuando consiguió salir, fue a comprobar que su mamá y su papá seguían durmiendo, y entonces se fue corriendo al salón con la única compañía de su fiel peluche Crocodile. Abrió la puerta, nervioso, y entró con la mirada fija en el letrero con su nombre que la noche anterior había dejado sobre sus zapatos. Pero no vio nada. Ni un solo regalo. No sabía qué hacer. Estaba desolado. Gritó “¡mamá!, ¡papá!”, pero nadie contestó. Fue corriendo al dormitorio para buscarlos, pero su cama estaba vacía. Regresó a su habitación. Su hermana había desaparecido. Entró en pánico. Estaba solo. Con siete años y solo. ¡Pero no podía ser! Si hace un momento estaban todos en su cama…, ¿qué ocurre? Y entonces se acordó del Niño Jesús. Fue corriendo al salón y se arrodilló. Juntó las palmas de las manos y rezó el Padre nuestro, aunque olvidó la parte de “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, como siempre. Pero rezó fuerte y con los ojos cerrados. Ojalá sea suficiente, pensó. Agarró a su Virgen y se aferró a ella, buscando consuelo, como si fuese su mamá, en una pequeña figura de un Nacimiento.

Entonces ocurrió: escuchó a su mamá susurrarle con dulzor al oído: “Cariño, despierta, han venido los Reyes Magos”. La verdad es que en un primer momento no estaba muy seguro de si era su madre o la Virgen María… Hasta que abrió los ojos. Unos ojos pardos, vivos, brillantes, inquietos e intuitivos, pero que en ese momento solo reflejaban temor. Vio a su mamá sonreír, aunque pudo notar su preocupación, y le escuchó decir que estuviese tranquilo, que había tenido una pesadilla y la había llamado en sueños y que ella había ido corriendo, pero él tenía el sueño muy profundo y no conseguía que se despertara.

Fueron todos al salón. Había muchos regalos. Su madre le señaló el DigiGo con una sonrisa. Y Javichu entonces lo supo. En vez de ir hacia los regalos, se dirigió al Nacimiento frente al que instantes antes creyó estar rezando arrodillado y vio caída la figurita de la Virgen María. La levantó y la colocó en su lugar. Cogió al Niño Jesús, lo besó, y lo puso en su sitio, junto a su mamá.

—Ahora lo entiendo todo, mamá —le dijo a la mujer, que le miraba atónita—los Reyes Magos sois los padres.

Su mamá miró al papá de Javichu, que estaba a su lado, sin saber qué decir, mientras su hermana desenvolvía paquetes sin parar, ajena a cualquier otra cosa.

—Tiene que ser eso —añadió el pequeño— porque vosotros sois los que me cuidáis, los que siempre estáis ahí, los únicos a los que necesito. Me traéis ilusión. Vosotros hacéis magia. Como la Virgen María y el Niño Jesús, y como los Reyes Magos. Creo que he resuelto “el Misterio”, el verdadero misterio de la Navidad sois vosotros y lo importante es que estemos siempre juntos. Y sin más, como quien hubiese dicho cualquier cosa, se fue con su hermana a abrir los regalos.

Desde entonces, todos los seis de enero, Javichu se levanta siempre el primero, despierta a su hermana y salen de su habitación. Pero no van al salón a ver los regalos. Van directos al dormitorio de su papá y su mamá, y se meten en la cama con ellos. Javichu espera un ratito, lo suficiente para asegurarse de que todo está como tiene que estar, y por fin sale corriendo intentando ganar a su hermana en una carrera hacia sus zapatos, su cartel, y sus regalos.

Fin.

(Nota.- Este artículo lo ha inspirado mi hijo. Gracias, Javichu, por dejar que me asome al mundo a través de tu mirada inocente. Tú siempre serás mi Niño, y yo… tu Reina. Aunque algo me dice que algún día seré destronada…).

Que una ilusión siempre guíe tus pasos y que la magia nunca te abandone.

Felices Reyes a todos.

reyes magos

 

“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. (Mt 2, 10-11).

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LLUEVE

“El día que tú no ardas de amor, muchos morirán de frío” (François Mauriac).

Llueve. Camino bajo la lluvia y lloro. Lloro tranquila y sin pudor. Sé que nadie me mira o quizá sí, pero no me importa. Además, las gotas de lluvia se confunden con mis lágrimas y eso me otorga una inmensa ventaja.

Echo a correr, sin darme cuenta de que de los sentimientos no se puede huir, a los sentimientos no puedes burlarlos, ellos se burlan de ti, vienen y van, caprichosos. Y luego están esos… esos que llegan sin darte cuenta y se empeñan en quedarse, que irrumpen como un rayo de un día para otro, que te calan los huesos sin siquiera darte un segundo para pestañear, sin dejarte pronunciar una sola palabra, que azotan tu rutina como un vendaval y te dejan fría.

Pero me engaño y corro. Miro al suelo mientras escucho el chof-chof que provocan mis pisadas en los pequeños cuadraditos que componen las calles, hoy llenos de barro y hojas de color otoño. De vez en cuando me giro y miro hacia atrás con la esperanza de ver que suelto lastre, que pedacitos de mi dolor van cayendo a cada zancada, y que según avanzo los voy dejando ahí, perdidos, olivados para siempre, y que por fin vuelvo a ser yo, vuelvo a ser libre… pero no veo nada. No me puedo esconder por muy rápido que corra. Lo sé.

Cae la noche. Apenas distingo las luces que iluminan la ciudad. Las veo difusas y con un brillo sin gracia que me hace no fijar la vista en ellas. Y tú. Siempre tú. Que estarás metido en tu rutina ajeno a todo esto. Incluso seguro que para ti luce el sol y el cielo es azul, mientras yo aquí lo veo gris como el asfalto, gris oscuro, casi negro.

Intento avanzar entre la gente. Estoy rodeada. En realidad no les veo más que de reojo y lo único que soy capaz de asimilar son sus sonrisas y sus charlas que a mí se me antojan banales, pero parecen felices y eso me molesta. Necesito apretar la marcha y dejar de escucharlas. Y lo hago, solo que cuanto más corro, más siento que me ahogo, que me estoy asfixiando… y sé que no podré aguantar mucho más. A lo lejos veo mi esperanza: Un semáforo. Está en verde. Lleva así un rato y lo conozco. No sé qué hacer. Va a cambiar a ámbar pero creo que llego, solo necesito un último esfuerzo. Las dudas me asaltan hasta en estos momentos en los que lo único que hago es correr. Qué absurdo.

Sus ojos verdes y su risa. Solo la oí una vez. Solo una. Pero fue suficiente. Recuerdo cuando hablábamos y él me contaba un sinfín de cosas y yo no le escuchaba, solo oía su voz. Solo con eso era feliz. Con su voz y con su risa. De repente ya no siento nada. Todo se ha vuelto más oscuro si cabe. No sé dónde estoy. ¿Dónde estoy? No puedo ver. ¿Estoy en el suelo? Intento levantarme pero no puedo. ¡Si hace solo un segundo estaba corriendo! ¿Qué ocurre?

Oigo algo, a lo lejos, es su risa. Ya no veo nada, ni escucho, ni siento…solo su risa. Ah, no, espera. Hay algo viscoso sobre el asfalto —¿es esto el asfalto?— Mi mano se ha manchado de algo. ¿Qué será? Y escucho una voz “se me ha echado encima, ni siquiera la he visto, el semáforo estaba en rojo. Ha cruzado en rojo”. No. El semáforo estaba en verde. He llegado. Corría y he llegado, por eso crucé.

Ahora sí, oigo unas sirenas. Y me marcho, lo noto. No sé muy bien adónde, pero me voy. Todo se sigue oscureciendo pero, paradójicamente, ya no siento dolor, mis lágrimas se secan y entonces creo que le veo, ¿eres tú?, me oigo gritar. Me parece que me está mirando y me sonríe. A mí. Me siento feliz. Ya no tengo miedo sino ganas de salir corriendo hacia él.

Y echo a correr de nuevo, pero ya no llueve, ni lloro, ni veo borroso, ni me asfixio. Hay una luz que sale de él y me deslumbra, y mientras corro resuena su risa en mi cabeza como un eco lejano, y sus ojos verdes…

¿Quién se iba a fijar en una pequeña luz roja cuando todo lo inunda el verde de sus ojos?

UN CORAZÓN CERRADO

“La peor prisión es un corazón cerrado” (Juan Pablo II).img_1006

 

Te miro y pienso, ¿en qué momento comenzó todo? Creo que tú ni siquiera lo sabes, pero a mí tu cara me responde. Hace mucho tiempo ya. Lo dejaste pasar. Se enfrió. Y lo que es peor, no quieres recuperarlo. Te da igual. Abandonaste. Si por ti fuera, ya le habrías borrado de tu vida.

Él, sin embargo, está decidido a seguir luchando. No piensa tirar la toalla. Te quiere, y cree que puede hacer que regreses, que no todo está perdido.

Yo te miro y tengo mis dudas.

Y tú… tú ya no sabes ni qué hacer. Esperas con impaciencia a que el camarero te ponga el plato delante para tener la boca llena y no verte obligada a hablar con él, ni a disimular mirando hacia un lado y hacia otro.

Él no te quita los ojos de encima. Es una mirada tierna y dulce que, sin embargo, a ti te asfixia e incómoda de tal manera que, aunque sabes que no debes, coges el móvil. Ese gran aliado para evitar conectar con el mundo de alrededor, que precisamente se inventó para salvar las distancias y estar más en contacto unos con otros. Ironías de la vida.

Él desvía un segundo sus ojos de los tuyos para echar un vistazo rápido al aparato. Un fugaz instante de odio y repulsa invade su mirada, que vuelve a llenarse de luz al encontrar tus ojos pardos, aunque se limiten a reflejar el brillo de la pantalla.

Mientras tus dedos acarician las teclas, el vino moja sus labios. Y él recuerda cómo no hace tanto paseabais por la playa y te cogía en sus brazos haciendo que volaras. Entonces no lo sabía, pero la felicidad había llamado a su puerta. Jamás la cerró con llave, nunca pensó que podría escaparse.

El restaurante está lleno y tardan más de lo deseado en servirte. Ya no puedes más, te levantas, y diciéndole algo con cara de enfado que no acierto a entender pero sí a imaginar, te vas fuera, con tu compañero infatigable, ese aparato de última generación.

Él apenas protesta. Cree que es contraproducente. Y te espera, también con su compañera, esta vez más clásica pero no por ello menos fiel, la copa de vino. Es paciente. Regresas tras quince minutos. Pero todo tiene un límite. Él no puede más y estalla. Tú tampoco te quedas atrás y le gritas. Te acabas el plato y dándole un beso fugaz que apenas le acaricia la cara, te marchas.

Le dedicas una última sonrisa, pero en realidad no es para él. Es tu alivio, porque por fin acabó esa tortura de un viernes cada quince días. Él lo sabe, pero se hace el loco pensando que aún hay esperanza.

Y se queda solo. Y me mira. Yo le sostengo la mirada. Intento disimular mi compasión, pero no puedo. Él sube las cejas. Yo siento su resignación y su tristeza como una bofetada en la cara, y mientras sus ojos permanecen posados en los míos, me gustaría decirle tantas cosas…

Me gustaría decirle que lo siga intentando. Que es pronto. Que te dé tiempo. Que no te deje marchar, que se arrepentirá.

Me gustaría decirle que no ha sido culpa suya, que la vida avanza por diferentes senderos, que los caminos se bifurcan y hay que afrontar por cuál vamos a guiar nuestros pasos, aunque sea por uno diferente al habitual, y que no es culpa de nadie. (Tampoco ha sido culpa tuya, ¿lo sabías?).

Me gustaría decirle que con los años serás capaz de entender que tu padre siempre te querrá, aunque ya no pueda desnudar su corazón a tu lado día tras día, aunque ya no pueda despertarse bajo tu mismo techo, aunque ya no pueda caminar de la mano de tu madre.

Me gustaría decirle que esté tranquilo, que lo vas a entender, que el amor de padre nunca se marchita, que para él lo eres todo, que en el fondo lo sabes.

Me gustaría decirle… y sin embargo, no le digo nada. Y por toda respuesta a su mirada, sonrío. Es una sonrisa torpe y quizá algo mezquina, pero a él no parece importarle y agradece el gesto, elevando su copa, tembloroso, brindando por la desesperación… y quizás también por la soledad y por el olvido.

CRÍTICA LITERARIA: Hombres buenos

Sólo hay algo a lo que los hombres con cargos públicos, del rey al ministro, temen más que la educación de sus súbditos: la pluma de los buenos escritores

En realidad esto no es una crítica literaria. Yo sólo he venido aquí a hablar de un libro. Así, entre amigos. Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte, mi última lectura. Llevaba una época de libros densos que me costaba terminar. Algunos los mantengo a medias y siento sus lomos reclamándome desde la librería (creo que intuyen que soy una enamorada de las segundas oportunidades), otros los terminé (el amor propio, ya saben) y los menos, los he abandonado (la vida, también saben). Y es posible que Hombres buenos haya caído en mis manos en el mejor momento.

Para situarnos les pondré en antecedentes, pero sólo les hablaré del punto de partida. Año 1781. Dos miembros de la Real Academia Española, el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate reciben de sus compañeros la misión de viajar a París para conseguir los 28 volúmenes de la Encyclopédie (“Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, par une société de gens de lettres”, de D’Alambert y Diderot, para ser exactos. Ahí es nada). Al parecer en realidad hay un ejemplar en la Real Academia Española, cuya incorporación a su biblioteca inspira esta historia.

Desde el Madrid de Carlos III al París previo a la Revolución, acompañamos a los protagonistas, dos hombres «buenos, íntegros, arriscados» en su búsqueda de posta a posta hacia París, y una vez allí, de librería en librería, de la mano de un Reverte que página tras página nos va dando tenues pinceladas del Madrid y del París de entonces, con su barrio de las Letras, el Prado o el Buen Retiro; y sus carruajes, cafés, salones, tertulias filosóficas y ambiente crispado a punto de estallar, respectivamente. «Se trata de un viaje largo, azaroso. Extraña y noble aventura propia de su prodigioso tiempo: traer las luces, la sabiduría del siglo, hasta aquel humilde rincón de la España culta, su Real Academia».

Como nada puede ser tan fácil en la vida, y menos en la literatura, habrá un mercenario, un tal Pascual Raposo, convenientemente enviado tras ellos por otros dos académicos a los que no complace tamaña agencia, para impedir la misión; y por otro lado, los dos hombres buenos tendrán la ayuda del abate Bringas, que no deja de ser eso: un personaje. Todo ello sin olvidar que L’Encyclopédie formaba parte del Índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica en 1759. Y por supuesto, no les sirve cualquier edición: ha de ser la primera: «Así que, en realidad —concreta el librero—, fiable en cuanto al espíritu inicial, rigurosa y exacta tal y como salió entre 1751 y 1772, con los diez primeros volúmenes impresos en París y los siguientes con el falso pie de imprenta de Neuchãtel, sólo puede considerarse la primera edición… Eso la hace tan rara, naturalmente. Tan valiosa».

Yo ya solo de pensar en ir a París en busca de la primera edición de un libro prohibido me emociono, ¿ustedes no? Esa sensación de buscador de libros… ¡y en París! El Sena, los Campos Elíseos, la torre Eiffel, rodeados de carruajes, abriéndonos paso de forma clandestina entre oscuras librerías, ¿qué me dicen? Venga, un poco de sangre corriendo por la venas, por favor. Aunque no sea literaria, sí al menos parisina… Allí tendrán acceso a obras de autores como Voltaire, Rousseau… que en España no estaban en los escaparates de las librerías, precisamente (¡infieles!) e incluso entrarán en contacto con libros subidos de tono… (pongan aquí el emoticono del monito tapándose los ojos, por ejemplo). ¿A que ya les empieza a correr la sangre?

Pero la verdadera protagonista de esta historia es la Ilustración. A lo largo de la novela subyace la idea de intentar cambiar el mundo a través los libros «Para nuestra revolución, señores, no hacen falta otras armas que el libro y la palabra», ¿qué les parece? Cambiar el mundo con libros. Me emociono más. Reverte consigue, a través de los diálogos entre los protagonistas, exponer las ideas modernas e ilustradas, ideas que en realidad están personificadas en la misma Encyclopédie «que comprendía la mayor aventura intelectual del s. XVIII: el triunfo de la razón y el progreso sobre la fuerzas oscuras del mundo entonces conocido» en contraposición con el conservadurismo de la época, muy ligado a la religión y a la fe, tan mal entendidas por aquel entonces. Se trata de un toma y daca sin tregua, muy fácil de leer, y que suele decaer del lado de las Luces, obvio, con argumentos expuestos con mucha prudencia y más educación, y de forma que realmente parece que están hablando hombres del mismo siglo XVIII y, aunque pueda resultar paradójico, los diálogos se hacen de suma actualidad. El contrapunto lo pone el abate Bringas que les intenta hacer ver que todo esto de la Ilustración es una burbuja que hay que explotar, y que la Francia que ellos admiran es una ilusión: «En aquel momento, de todas formas, y a cierta distancia todavía de que Luis XVI perdiese la cabeza en el cadalso, los signos de descontento popular, el hambre y las desigualdades sociales quedaban en segundo plano para el ojo superficial de unos viajeros que, como los nuestros, recorrían Francia mirándola con el filtro de admiración que todo hombre culto sentía en aquel tiempo por la tierra de los grandes pensadores y filósofos modernos». Y en contra de la revolución a golpe de libro, Bringas propugna las armas, o más bien «un baño de sangre que preceda al baño de razón». Y reconozcamos que también es la contraposición Francia-España (y no salimos muy bien parados. Obvio también). 

La amistad, pese a las diferentes formas de pensar y de ver las cosas, entre Hermógenes y Zárate; el respeto, que se intensifica en don Hermógenes cuando más de una vez soporta, estoico, prudente y paciente, contestando con un simple “por Dios” las mil y una salidas de tono del abate Bringas; el honor, personificado de nuevo en el Almirante que hasta llega a batirse en duelo (sí, en duelo) para preservarlo. Un pequeño guiño al amor, al erotismo, al deseo… con uno de los pocos personajes femeninos de la novela, Margot Dancenis; el valor, la lucha ante la adversidad, el no rendirse nunca… de la mano del incansable Almirante, que se nota que es el personaje favorito del escritor, o al menos el que expresa sus ideas, en una narración lineal sin rebuscadas subtramas ni grandes giros o sobresaltos, pero bien conducida y de perfecta ejecución.

Aunque si hay un personaje que me ha enamorado en esta novela es el mismo Reverte: el novelista. Salta a escena el autor una y otra vez para explicarnos el arte de escribir: Su arte. Cómo se ha documentado, qué libros ha consultado, el punto de vista, el ritmo, el porqué de este giro aquí, la razón de este atajo allá… lo que, para una servidora que hace sus pinitos el este noble arte, vale su peso en oro y no se lee todos los días. 

Así, nos explica Reverte desde cómo se le ocurrió la idea de escribir esta historia con una supuesta conversación con Víctor García de la Concha y con el director de la Academia, Darío Villanueva —quien, a modo de chascarrillo le «promete devolver las tildes a los demostrativos pronominales» si le convierte en asesino de una supuesta novela que Reverte amenaza con escribir sobre los miembros de la Academia— hasta numerosos detalles sobre sus fuentes, personajes y problemas que tuvo que afrontar con la narración. Ah, y sus secretos placeres como escritor: «Pertenezco a la clase de escritor que suele situar las escenas de sus novelas en sitios reales. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar por ellos con maneras de cazador y el zurrón abierto mientras una historia fragua en tu cabeza; entrar en un edificio, caminar con una calle y decidir: este sitio me conviene, lo meto en mi historia. Imaginar a los personajes moviéndose por el mismo lugar, sentados donde estás, mirando lo que miras».

Pero cuidado. A lo largo de la novela este personaje nos engaña. Juega con nosotros, nos toma el pelo. Describe con la misma exactitud fuentes inventadas y otras que parecen ser verídicas; detalla personajes (tanto históricos como actuales) reales al lado de otros que son ficticios, lo que hace que llegue un momento en el que la realidad y la ficción se entrecrucen y sea complicado distinguir una de otra. 

En definitiva, nos miente don Arturo, incluso sobre él mismo. ¿Acaso es él el novelista que aparece en esta historia o es simplemente un personaje ficticio más? En literatura todo es posible… Y confieso que eso me encanta porque ¿qué es la literatura sino mentir bien la verdad?

 

 

 

MIGUEL

“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo” (Isabel Allende).

(Fotografía obra y cortesía de Karmela – @aquisoloporti mi más sincero agradecimiento, capitana).

Era el año 1976. Yo acababa de cumplir los once. Claro que no hablo de los once años de ahora… Para que se hagan una idea les diré que mi contacto con los videojuegos y demás maquinitas era prácticamente nulo, porque la tecnología aún no había llegado a nuestras vidas, creo que por suerte. En mi época jugábamos al aire libre, y hasta con unas simples chapas pasábamos el rato. Sí, con chapas… ya ven. Y quedábamos a golpe de reloj. O como mucho, de telefonillo (o telefonazo).

Veraneábamos en Galicia y yo, que vivía (y vivo) en el centro de la península, valoraba como pocos de mis amigos la paz de la costa coruñesa y de aquellos atardeceres anaranjados con olor a mar.

Lo mejor de las vacaciones, además de su duración, era la pandilla de amigos. Esa época en la que la amistad veraniega surgía sin más y se mantenía año tras año pese al largo invierno, sin grandes pretensiones y menos exigencias.

Miguel era uno de los autóctonos del lugar. De cuerpo frágil y semblante tranquilo, su mirada desconfiada iba siempre acompañada por la reserva y la introversión que probablemente contagia el clima gallego, con sus lluvias constantes y sus nubes que dejan el cielo limpio días contados. A decir verdad, tampoco era especialmente simpático, y alegría no era su segundo nombre. Pero al poco tiempo de conocernos yo descubrí algo en él que me hizo no separarme demasiado de su lado: su familia tenía un barco. Navegar siempre ha sido mi pasión, desde bien chiquitito, que aún hoy en día conservo, pese a que ya peino canas y al mirarlo, el espejo me devuelve las temidas patas de gallo, y lo hace sin piedad; y sin preguntar. No lo cuento por nada especial, sino simplemente para que entiendan que no era un capricho de crío, que me gustaba de verdad. Así quizá consiga que ustedes me juzguen con menos dureza… aunque sí, reconozco que el interés fue el culpable de que me acercara a Miguel.

Su padre, Manuel, me cogió cariño desde el principio. Quizá por verme siempre con aquel niño tímido y reservado, su hijo, que no tenía demasiados amigos, o quizá porque veía en mis ojos esa pasión que compartíamos. No lo sé. El caso es que casi todos los días los tres salíamos a navegar, y no había atardecer en el que en vez de ver desde la playa el sol bajar por el horizonte hasta que se perdía en alta mar, me giraba y veía desde el océano su reflejo en tierra firme.

La despedida, aquel verano del 76, fue como la de los veranos anteriores: sin más anhelo que lo que depararía el invierno ni más ilusión que el regreso a aquel lugar, pasados escasos nueve meses. No parecía demasiado tiempo, al menos en mi mente de niño.

Y el invierno pasó, como pasa la vida, poco a poco si la vives día a día, pero veloz y despiadada cuando de repente te giras y echas la vista atrás. En julio de 1977 volví a La Coruña y, como todos lo años, lo primero que hice fue acercarme a casa de Miguel, en la misma playa. No estaba. «¿Ha salido?», le pregunté a su padre, inocente. El llanto de aquel hombre, con el que yo sólo había compartido tardes de brisa marina y velas izadas, me dejó helado.

Cerró la puerta de casa sin decir nada, y me llevó en su coche hacia algún lugar. Yo no sabía adónde… Pero en escasos minutos por fin se hizo la luz y me enteré de qué ocurría. Paradójicamente en ese momento mi vida se volvió oscura, muy oscura. Miguel estaba postrado en la cama de un hospital. No podía hablar. El cáncer bucal terminal que padecía se lo impedía. Ni siquiera conservaba la lengua. Maldije a ambos en esos momentos. Fueron unos breves instantes durante los cuales odié a ese señor por haberme llevado allí, por no avisarme… incluso por tener barco; y también a ese niño llamado Miguel por existir, por enfermar, por no poder hablar… y por haberse hecho amigo mío. Luché como pude contra esos sentimientos. Ahí, de pie… disimulando, sufriendo, llorando por dentro, mientras veía que sus ojos me miraban fijamente desde aquella cama, más abiertos que nunca, como preguntándome algo que yo no supe entender, y menos contestar.

Los doce años fueron un punto de inflexión en mi vida, y la mirada de desamparo de esa mujer, su madre, diciéndome sin pronunciar una sola palabra que su hijo se moría, marcaron un antes y un después. Mis padres, pasados unos meses, incluso todo el círculo de amigos y familiares de Miguel me intentaron consolar: Dios se lleva pronto a sus mejores ángeles. Es extraño cómo los adultos intentan explicar lo inexplicable con estupideces, pensé.

El verano de mis trece años, los que también tenían que haber sido los trece años de Miguel, nuestros trece años, volví a La Coruña: Miguel había muerto. Los atardeceres navegando en aquel lugar se convirtieron en humo porque la muerte de su hijo también mató la pasión de su padre. Por contra la mía permaneció intacta, e incluso siguió en aumento según fueron pasando los años.

Y es curioso porque ahora, cada vez que mis canas se ondulan con la brisa del mar me acuerdo de él, del Miguel que yo conocí, que en mi recuerdo sigue siendo un niño desconfiado, pero con la mirada firme hacia el horizonte coruñés. Que de vez en cuando, desde la amura de estribor, me parece ver que se gira, me sonríe y me guiña un ojo, como si nada hubiera cambiado y todavía fuésemos esos dos grumetes que ríen, sueñan y viven, sobre todo viven, al ritmo que marcan las olas.

In memoriam.


(Y a ti, gracias por compartir conmigo la historia de Miguel… tu historia).

Domingos cálidos

“No hay duda, todo perro debería tener un niño” (Las aventuras de Peabody y Sherman).

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Era un domingo cualquiera. O al menos eso pensaba yo mientras veía cómo, tras la noche, el cielo se hacía azul y el sol teñía de naranja el horizonte. Acurrucado contra el pecho de mi mamá, me imaginaba que estaba tan calentito como si durmiese en una de esas nubes  de fuego que se alejaban tras la montaña, despacio, para nunca volver (y a todo esto, ¿adónde irán?).

Tenía hambre, así que comí. Una de las ventajas de ser un cachorro es que comer es algo que puedes hacer cuando y cuanto te apetezca. Y jugar. Lo mejor es que me puedo pasar el día jugando. Y en esas estaba con mis hermanitos cuando llegaron unos señores muy gritones y, como si yo fuese tonto y mientras me hacían cosquillitas en la cabeza, me cogieron en brazos y me alejaron de mi familia. Me metieron en algo que llamaban “coche” y me llevaron con ellos. Pero… ¿por qué? ¡Mamá! Y les oí decir que íbamos a tomar un aperitivo (por el sitio, llamado “bar” algo me decía que los que iban a comer eran ellos) pero un hombre dijo el perro no puede pasar así que nos fuimos —todos parecían muy enfadados con este señor—. Yo no me enteraba de nada. Tenía mucho miedo y me entró un tembleque que me asustó aún más. Estaba sentado sobre un niño que no paraba de hacerme caricias y sonreír, pero el miedo no se me pasó.

Llegamos a una casa muy grande y nada más abrir la puerta, salieron a mi encuentro dos perros enormes. Uno, que se parecía a papá, me olfateó un poquito y se quedó tranquilo. Pero la otra… era una perra joven y con muy mal humor; me tumbé para hacerle ver que ella mandaba pero me dio tal gruñido que me hice pis. Le solté un lametón para ganármela pero casi me muerde. Suerte que alguien la agarró. Lo que me faltaba. Unas personas que no conozco de nada me llevan a una casa con una perra loca. Hoy no es mi día.

Y aquí estoy, intentando asimilar lo que está pasando, porque sigo sin comprender… Nada más llegar, me han metido dentro de la casa y me han puesto cerca del fuego. Me han hecho una especie de camita y me he subido para probarla. Al principio estaba muy a gusto, pero al ratito… ¡qué calor! Encima me han puesto dentro —según ellos para que me hiciese compañía— una especie de perro al que llamaban peluche. Pero era un perro muerto, ¡qué horror! Y cuanto más me intentaba separar de él, más me lo pegaban al cuerpo, así que he decidido salir un poquito a dar una vuelta, sin que nadie me viese. He encontrado algo mullidito que me ha encantado y, nada más pisarlo, me han entrado ganas de hacer pis. Cuando estaba acabando he escuchado un grito por la espalda ¡¡en la alfombra no!! Era la mujer, armada con una especie de palo con pelos y un cubo con agua, con los que suele perseguirme día y noche. Qué mujer más rara.

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El hombre no para de tocarme. Tiene unas manos enormes, casi quepo entero en cada una. Me da un poco de miedo… Pero lo peor es que de vez en cuando me saca al jardín para que me haga amigo de la perra loca. ¿¡Pero no ve que quiere comerme?! Una de las veces me ha agarrado por el lomo con sus fauces y me llevaba a no sé dónde, pero todos han empezado a gritar ¡Niebla, suelta a Ronny! ¿Pero quién es Ronny? ¡Que me suelte a mí! Sorprendentemente les ha hecho caso. Me he ido corriendo a casa y me he lanzado sobre el perro muerto que tanto les gusta —al menos no muerde— y parece que se han quedado tranquilos.

De repente les oigo decir que se van al cine y a cenar fuera. ¡Y a mí me dejan solo! Me han bajado a otro piso y ahí me he quedado. Me he hecho cuatro pises, tres cacas y me he comido un trozo de sofá. Encima tengo la tripa suelta. Por listos. Cuando han vuelto, la mujer desquiciada y el hombre de manos grandes se han puesto a gritar, pero los pequeños se han reído. Me ha hecho ilusión. Mañana me como una cortina a ver qué pasa.

Hoy nos vamos a Madrid. Me lo han repetido cien veces. A saber lo que significa. Espero que no haya más perras locas, ni perros muertos ni mujeres desquiciadas. Pese a todo tengo un buen presentimiento. Aunque sólo sea por la cara de boba que se le pone a la mujer desquiciada cuando voy por el pasillo moviendo la colita y el niño me sigue a cuatro patas moviendo la cabeza y el culito al compás… —no puede ser más friki el chaval—. Además, por la carita de ilusión que me pusieron ambos peques al recogerme, sé que esto va a ser el comienzo de una gran amistad, ¿o ustedes qué opinan?

Y ya en Madrid, sobre el regazo de esos niños, mientras yo los olfateaba y ellos me acariciaban las orejillas, me di cuenta: hay domingos fríos, pero la calidez siempre vuelve.

RONNY V.

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No todos los superhéroes llevan capa

“Toda grandeza es inconsciente, o es poco y nada” (Thomas Carlyle).

Rodrigo mira el reloj mientras apura el último trago de su café solo. Son las doce de la noche, pero para él hoy no va a haber descanso: le esperan muchas horas en pie. Apenas le ha dado tiempo a ver la ciudad, aunque el sol brillaba en lo alto cuando llegó a Cuenca. Es prudente, y ha preferido intentar relajarse un poco en la habitación del hotel, por lo que el día pudiera depararle; o más bien la noche.

La Semana Santa no es su fuerte; la fe católica, tampoco, y no le suena más que a un grupo de gente que, con mayor o menor fortuna, se encapirota bajo el sonido de una saeta y el redoble de un tambor a sacar a pasear a su Cristo y a su Virgen de turno, como si eso significase algo. Y no es por el catolicismo. Esa es la religión que le ha tocado vivir por tradición, pero podría ser cualquier otra. Lo que ocurre es que él no es religioso. Aunque si se tercia, arriesgaría su vida por salvar la tuya, ¿qué mayor exponente de la ley de Dios? Pero solo si se tercia, y espera que no se tercie nunca.

Este año tiene que estar aquí. Porque sí, porque le ha tocado. “La procesión de los borrachos”, se dice. El nombre ya no es muy alentador. Sabe que si le escuchase un autóctono le haría saber que de borrachos nada, es la procesión Camino del Calvario, o de la Turbas, muchedumbre que rememora la burla que sufrió Jesús cuando iba camino del Calvario para ser crucificado. Lo que ellos digan. No vamos a discutir por un nombre. Pero a él le suena a la excusa de siempre. Por suerte, y aunque tenga su opinión, no está aquí para juzgar nada, y menos a nadie. Si hay algo que su padre le enseñó a tener desde muy chiquitito, por todo y por todos, es respeto. Y en el fondo le maravilla vivir cómo la pasión de los cristianos se desborda en estas fechas, aunque no la comparta ni sea capaz de sentirla.

Ya está todo preparado y organizado. Aún así, está nervioso. El recorrido es pequeño, pero hay demasiada gente. Demasiada. Y son muchas horas, y sin dormir, y esas calles tan estrechas…

A la una el silencio de la madrugada conquense se rompe con las clarinás y las palillás. Las horas pasan despacio, y lo peor está por llegar. Según la luna avanza y el cansancio se acumula, Rodrigo está más mentalizado y resignado; no hay otra.

A las 5.30 horas y con el sol aún escondido, llega el momento cumbre. “Jesús de la seis” está a punto de salir. La Iglesia de San Salvador y sus calles aledañas no dan más de sí. Intenta hacer un poco de espacio para dejar paso apartando a la gente como puede hasta que siente cómo a su espalda por fin se abre la puerta. Se desata la locura. No ha visto nada similar en su vida. Ni en el mismísimo fútbol. Los fieles se emocionan a cada paso de los banceros. El griterío es ensordecedor, y ese sonido ronco y sin redoble que sale de esos tambores de andar por casa le dibuja una mueca en la cara. Lleva más de cuatro horas escuchándolo. Intenta controlar a todos esos turbos que avanzan marcha atrás para ver a su Cristo y así no darle la espalda, pero a cada paso le resulta más difícil.

Poco después, el sonido de los tambores cesa. Ahora el silencio es absoluto y sobrecogedor. Pensó que sentiría alivio, pero se le hace muy extraño porque sus oídos se habían acostumbrado al ruido. Nuestra Señora de la Soledad de San Agustín sale al encuentro, hasta llegar a la fragua, donde se detiene. El silencio representa el respeto al dolor de una Madre. No lo sabía. Los banceros siguen moviéndose pero no avanzan, mientras suena el leve golpear a un yunque de unos martillos, al parecer, para dar calor a la Madre y que no pase frío. Tampoco lo sabía.

En la subida de la calle Palafox, llegando a la Plaza Mayor, ve algo que le llama la atención. No es otro “numerito procesional”, son dos que se están pegando. Esta vez son borrachos, digan lo que digan los autóctonos. Se acerca a ver si puede tranquilizarlos, pero uno se pone tonto y le dice que quién se cree que es para venir a su pueblo a decirle a él lo que tiene que hacer, que no tiene ni idea de con quién está hablando. Se abalanza sobre él e intenta golpearle. Rodrigo le esquiva y se sorprende a sí mismo rezando por no tener que llevarse a nadie esa noche. Esta noche no… Uno de los amigos del figura consigue calmarlo con habilidad, y Rodrigo decide dejar la cosas como están.

El sonido de los tambores ha cesado casi definitivamente y ahora alcanza a escuchar los primeros acordes del canto del Miserere desde la escalinata de la Iglesia de San Felipe Neri. De vez en cuando, los sollozos acompañan esas notas que él jamás había escuchado. Y se emociona un poco. Quién se lo iba a decir… Será el cansancio.

El sol empieza a calentar. Por fin. Es mediodía y siente que lleva toda una vida en esa ciudad. Los ojos le escuecen y se da cuenta de que se los ha restregado demasiado. Se detiene un momento y mira a su alrededor. Aún hay tanta gente… pero ya comienzan a retirarse. Los pasos han regresado a su lugar de partida. Ya no suenan los tambores ni los palillos; ahora lo que más ve son miradas perdidas y algún que otro pañuelo empapado en lágrimas por la pena del adiós. Y se siente satisfecho. Al fin y al cabo, y aunque no comparta ese sentimiento, ahora lo entiende mejor. En el fondo a él le pasa lo mismo, o algo parecido.

Nadie repara en él. Hay veces que parece que fuera invisible; otras nota que incomoda su presencia. Muchos le miran de reojo entre paso y paso, entre tambor y tambor, entre sainete y sainete, y creen que sobra; incluso algunos le ven como el malo de la película, pero si ocurre algo, ha de convertirse en el superhéroe en cuestión de segundos. Él lo sabe, lo siente y lo sufre día tras día, pero no le importa. Así lo eligió: Proteger y servir, sin reconocimiento alguno. Es Viernes Santo, pero podía ser Navidad, el día del Carmen, o un domingo cualquiera. Es una procesión, pero podía ser una huelga, una manifestación o un partido de fútbol. Él siempre estará allá donde le manden, en cualquier parte del país. Y debería sentirse orgulloso. Orgulloso de ser lo que es: un gran policía.

Rodrigo mira el reloj por última vez esa mañana. Está cansado, pero la idea de volver a casa le arranca una leve sonrisa. De pronto, y mientras piensa en su hogar, siente que alguien le agarra del pantalón y tira de él con fuerza. Mira hacia abajo y ve que es la única forma que un niño de unos tres años tiene de llamar su atención. Se agacha y nota cómo el dedo del pequeño toca el escudo que lleva en el pecho y acierta a duras penas a decir “león raro”. La sonrisa de Rodrigo se convierte en carcajada mientras levanta al niño en sus brazos. Uno de sus compañeros cruza su mirada con él justo en ese preciso instante, y le devuelve la sonrisa. Pequeños gestos que hacen que todo merezca la pena. Hasta el siguiente servicio.

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Viñeta de José Manuel Puebla publicada en el periódico ABC. Actualmente disponible en abc.es; El sacapuntas.