Uno de 59

Recuerdo que era sábado, aunque lo mismo me daba un sábado que un lunes: siempre era lo mismo. Aquel lugar, aquella habitación, aquella cama con las sábanas blancas y la manta marrón.

Llevaba unos días en que las cosas no pintaban bien. De hecho, yo lo sabía: sabía que me iba a morir.

No quise molestar. Bastante lío había ya en la residencia como para que una nonagenaria se fuese a quejar de los escalofríos y la debilidad que me asolaban.

Me acurruqué en la cama resguardándome del frío e intenté acabar de leer la novela que se me estaba resistiendo tanto como mi cuerpo contra la enfermedad.

No lo conseguí y el libro cayó de entre mis manos. Intenté agitarlas con rapidez para detener la caída, pero fue inútil.

Casi tanto como yo.

Entonces me abandoné. Cerré los ojos y dejé la mente en blanco intentando expulsar cualquier recuerdo extraño. Había uno que acudía a mí insolente y lejano, muy lejano. Era el recuerdo de mi niñez. Por mucho que intentaba evitar retenerlo, él seguía haciéndose presente una y otra vez.

Una y otra vez.

Puede que la mente acuda a momentos felices justo antes de marcharse para siempre.

Volví entonces al colegio. A jugar a la rayuela y a saltar a la comba. Me reconocí con las trenzas con las que me peinaba mi madre.

Mi madre… Regresé a abrazar a mi madre.

Continué creciendo por segundos. De pronto estaba trabajando en el taller de costura de mi familia. Y en escasos instantes me casé y tuve a mi hijo.

Mi hijo… Volví a besar a mi hijo.

Los últimos momentos de mi vida fueron muy duros intentando morirme cuanto antes. El aire no llegaba a mis pulmones. Aun así, aunque era evidente que no podía llenarlos, ellos seguían exigiéndomelo una y otra vez, en una especie de agonía eterna.

Una y otra vez.

Y por fin, la oscuridad. Fue curioso porque la última bocanada de aire fue en realidad la primera de mi nuevo mundo. El paraíso, creo que lo llaman. Aunque no estoy segura. Yo seguía igual de sola que antes. Igual de triste, de pobre.

Ya podía descansar en paz, pero no del todo porque no me enterraron. Me llevaron al Instituto de Medicina Legal y allí me quedé un tiempo, hasta que se dieron por vencidos: nadie reclamó mi cuerpo. Fueron solo unos días, no sabría decir cuántos. Días extraños, de soledad distinta.

La soledad de un muerto.

Por fin me enterraron. Es curioso porque esta vez no estuve sola. Soy uno de los 59 cadáveres sin reclamar que la Comunidad de Madrid ha enterrado en el cementerio Sur. Yo prefiero referirme a mí como una de las 59 personas fallecidas por Covid que vivía sola, sin familiares, en mi caso en una residencia, donde la enfermedad hizo estragos el pasado mes de abril. Pero ya se sabe que la prensa cuenta las cosas de otra forma.

Se escandalizan de que nadie haya reclamado mi cadáver; nuestro cadáver. Yo, sin embargo, lo haría porque nadie nos hizo caso mientras estábamos vivos.

Cierra los ojos

Miro alrededor y apenas veo nada. Y es esa oscuridad casi absoluta la que me mantiene alerta, girando la cara de un lado al otro, y al otro, y al otro, como si estuviese presenciando un partido de tenis. Lo hago por si acaso. ¿Por si acaso qué? No lo sé a ciencia cierta. Si lo pienso bien, en realidad no tengo miedo a un intruso. Lo que me mantiene en guardia es el hombre del saco que me visitaba en mi infancia, creo. No era el mismo que el tuyo. Todos tenemos fantasmas (a veces los llevamos en esa eterna mochila que no para de llenarse), algunos son reales, otros no, o al menos no lo parecen.

Los míos se manifiestan de forma diferente a los tuyos. En este caso, mi hombre del saco es un cuerpo negro rodeado de una capa roja que sale del armario que tengo frente a mi cama, y se acerca, despacio, sin que siquiera pueda arañar un gruñido de mi garganta. Es curioso sentir cómo la voz no logra salir cuando más se la necesita, ¿a ti también te ha pasado?

Y vuelvo a ser esa niña. Una niña frágil, tímida, asustadiza. Una niña que necesita apoyarse en algo o en alguien para girarse en la cama y apartar los ojos del armario, y así dejar plantado a ese fantasma. Una niña que, sin embargo, está sola.

Él también lo sabe. Sabe como tú y como yo que no es real, que solo existe en mi imaginación y que seguramente desaparecerá tras escasos instantes de pánico, de un recular en mi cama hasta pegarme al cabecero, señalándole con el dedo. Pero él también sabe que le tengo miedo y que haría cualquier cosa por deshacerme de él.

No puedo. Ya ha salido y se ha hecho presente. Se dirige hacia mí sin cara, sin ojos, sin poder decirme lo que quiere. Yo, sentada en mi cama, intento preguntárselo, pero nadie habla: él no tiene boca; la mía está cerrada.

Noto el esfuerzo que hace mi cuerpo para salir de esta. Aun atenazado, el corazón bombea sangre como loco y el aire sigue entrando en mis pulmones. A duras penas, pero sigue entrando. La garganta, sin embargo, me falla. No grito, solo vocalizo inaudibles palabras que se quedan ahí, a medio salir, y que no sirven para nada: no alertan a nadie.

Ante su avance, cierro los ojos. No es otra manifestación del miedo, una más, no. Es el recuerdo de mi más temprana edad, cuando en los dibujos animados, en la oscuridad, solo se veían los ojos abiertos de los personajes. A lo mejor ocurre igual. Puede que si los cierro mi fantasma no me vea. Lo malo es que con los ojos cerrados la que seguro que no va a ver nada soy yo, ni siquiera la pequeña rendija de luz que se asoma bajo la puerta. A la vez, escucho mucho mejor cualquier sonido, aunque sea mínimo. Da un poco igual: allí no se oye nada.

Tienen que pasar un par de segundos para descubrir el tenue sonido de la televisión del cuarto de estar. La están viendo mis padres y mi abuela. No me da ninguna confianza. Es un simple ruido que oscurece aún más, si cabe, la negrura en la que estoy inmersa.

Llego a la conclusión de que el fantasma de la capa roja o es muy lento, o no me quiere hacer nada. Ya llevamos un rato frente a frente y todo sigue igual. Claro que si ha funcionado lo de cerrar los ojos me estará buscando. Puede que piense que me he metido debajo de la cama. Un momento, ¿lo hago? Quizá debería salir corriendo de aquí y punto. Esconderse o huir. El eterno dilema. Algo hay que hacer, y aunque la voz no puedo utilizarla, creo que por fin puedo moverme.

Conozco las distancias, es mi habitación, la de siempre. Lo haré hacia la derecha, contra la pared. Me da más seguridad ese lado que el que da a la puerta, no sé por qué. Me lanzo como un rodillo y caigo al suelo. El golpe es considerable. Ahora sí, los sonidos comienzan a tomar protagonismo y oigo sillones de orejas arrastrándose por el parqué y a mi madre pronunciar mi nombre. Quiero gritar que estoy bien, pero no lo hago. Necesito que venga. Debería prevenirle sobre el hombre de la capa roja, pero tampoco lo hago. Ella no lo podrá ver: no es su fantasma.

La puerta se abre, la luz se enciende y elevo un brazo por encima de la cama para que me vean. Estoy aquí, digo por fin, y noto que mi voz ha vuelto. Me levanto y miro hacia el armario; él no está.

«¿Cómo te has caído de la cama? Ya eres mayorcita. A ver si nos dejas ver el final de la película». Es lo que obtengo de mi madre. Mi abuela mira un poco extrañada desde el marco de la puerta, aunque no dice nada. Les voy a contar que he visto un fantasma, pero me detengo a tiempo.

Nunca le hables a nadie de tus fantasmas. Simplemente, cierra los ojos.

AUTOPUBLICA, QUE ALGO QUEDA

 

Estaba pensando un título para este post sobre la autopublicación, y de pronto me ha venido a la cabeza un curioso libro que se publicó a primeros de los años noventa y que se titula: Oposita, que algo queda, de José María Chico y Ortiz. No sé si seguirá a la venta, pero como podéis ver por la foto, lo he encontrado. Se trata de una sucesión de anécdotas del mundo de la oposición, que tanto el autor como yo hemos vivido. Mucha nostalgia y sentido del humor. Como en casa opositábamos los tres hermanos, estaba en nuestra librería. Creo recordar que se lo regalaron a mi hermano mayor, opositor a notarías. Tras su lectura, además de las risas ―porque el tono humorístico sobresalía en la narración―, una vez habías aprobado, te quedaba una sensación de nostalgia muy agradable. Algo siempre queda de las grandes hazañas, con independencia de su resultado.

Pues lo aprovecho para esta pequeña reflexión. Un escritor cuya pasión es la lectura, cuando acaba de escribir su primera novela (curiosidades sobre la mía aquí TÍTERES CON CABEZA) sus ilusiones están orientadas hacia la publicación tradicional. Qué mejor que una gran ―o mediana― editorial apueste por ti y publique tu obra, y la veas compartiendo estantes en las grandes librerías con tus autores preferidos de toda la vida. ¿Algún escritor no ha soñado con eso?

Es posible. Ahora, en la era de internet, veo a través de la mayor librería digital del mundo (Amazon) a ciertos escritores que ya se han creado un nombre solitos, autopublicando sus novelas. Tanto es así, que algunos incluso han conseguido que, tras su éxito “amazónico”, las grandes editoriales llamen a su puerta. Y es que no nos vamos a engañar a estas alturas. Ninguno hemos nacido ayer, literariamente hablando, y sería de necios no admitir que las editoriales son un negocio y lo primero que valoran a la hora de publicar es si el libro va a ser rentable.

Y lo mejor, algunos les han dicho que no. ¡¿Cómo es posible?! ¡¿Cómo osan, oh pobres mortales literatos, a decir NO a una gran editorial? Pues es muy sencillo. Ya tienen su público. Han conseguido visibilidad trabajándoselo ellos solitos. No las necesitan, en tres palabras.

Porque si hay algo difícil de conseguir en este mundillo de la autopublicación es la visibilidad. Requiere mucho trabajo, la competencia es feroz y uno tampoco es experto en marketing, y menos en un marketing tan específico como lo es el dedicado a los libros. Por no hablar de que todos trabajamos (en nuestra otra profesión, la que nos paga la hipoteca de nuestra casa y las Converse de nuestros hijos preadolescentes). No sé si yo seré capaz.

Una cosa sí tengo clara: yo no escribo para colocarle el libro a mis familiares y amigos. Yo quiero tener mi público. Un público que me lea porque le gusta lo que escribo. No un público que me compre el libro porque me quiere y porque me apoya, o mucho menos un público que lo haga por compromiso, y que con cierta probabilidad ni siquiera lo vaya a leer. A mi madre y a mi suegra ya les regalaré yo un ejemplar, para entendernos. Pero no pienso “recuperar la inversión” que implica sacar sola una novela creando un compromiso en las personas que me quieren y que yo ya sé que me apoyan.

La literatura no es inversión, no es cuadrar cuentas. La literatura es sentimiento, es transmitir. La literatura es que lector y escritor compartan lo que les va dando la vida, en un toma y daca constante, fabricado con palabras que yo escribo y él lee, viéndose reflejado en ellas, sabiéndose partícipe de esa fiesta que es la vida escrita, la vida leída.

Cuando autopublique mi primera novela es posible que, tras unos meses de incertidumbre y de hacer balance (literario), mire hacia atrás, para comprobar, con nostalgia e incluso pena, que los estantes de las librerías siguen repletos de libros que no son el mío. Pero seguro que algo queda. Espero que la hazaña merezca la pena.

GEMELAS

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«Just keep writing»

Un día saltó la chispa. No recuerdo exactamente dónde ocurrió ni por qué. Sé que iba caminando por la calle y me paré en seco, con la consiguiente mirada de reojo de un conciudadano que iba junto a mí. No se lo reprocho. Raritas que se detienen de pronto en medio de la calle… en fin. Ni confirmo ni desmiento que tras la parada saliese de mi boca un “¡anda, qué idea!”

Se trataba de una mujer, de nuevo. Una conservadora de arte italiana que trabaja en el museo del Prado y que, de pronto, un domingo, mientras camina por el Rastro, recibe una llamada que cambiará su vida. Debía ser joven, pero tenía que haber vivido un drama de cierta consideración. Debía estar triste, pero tenía que haber conocido la felicidad. Si eres joven y por lo que sea no eres feliz, no es lo mismo. Los personajes que me gustan deben haber sido felices durante gran parte de su vida, hasta que les viene el batacazo y, heridos, se rehacen a sí mismos. O así lo creen ellos, hasta que se dan cuenta, en un momento dado, de que ya no es posible recuperar la felicidad que antaño vivieron. En eso se parecen mucho Laura Lizaurz, la protagonista de Títeres con cabeza, mi primera novela (inédita por el momento, ya les contaré novedades) y Valentina Sbrana, la protagonista de Gemelas, la segunda.

Así que ha vuelto a ocurrir, queridos amigos. Igual que en Títeres con cabeza, es el desarrollo de un personaje el que me ha llevado a escribir mi segundo libro: Gemelas. Esta vez no hay leyes. Y miren que tengo ganas de escribir un thriller legal de esos que, no sé muy bien por qué, apenas se escriben en España. Tipo John Grisham. A ver, Títeres tiene algo de thriller legal, pero me refiero a uno más puro. Creó que caerá. Dentro de dos o tres novelas, calculo. Todavía ni siquiera tiene su propio cuaderno. Gemelas lo tuvo, por supuesto. El Just keep writing de la portada (que en la foto apenas se ve) me enamoró. Buhito lo tiene a buen recaudo.

Recuerdo que me dirigía a realizar una guardia de diligencias en los juzgados de Plaza de Castilla. Esas guardias duran veinticuatro horas y era domingo. Nada hacía presagiar que fuese a ser un buen día. Pero lo fue. Allí, en la Fiscalía de guardia, esperando a que me llamaran del juzgado para hacer algo productivo, comencé a esbozar la que ahora puedo decir que es, ya terminada, mi segunda novela. El esbozo es algo fundamental. Necesito desarrollar al máximo todo: argumento, personajes, ambientación, capítulos, tipo de narrador, cómo voy a contar la historia… y el final. Sin el final no puedo empezar a escribir porque necesito saber hacia dónde voy. Son tantas cosas que es mejor no pensar y ponerse directamente a esbozar, porque si no, de verdad que no lo haría. Aunque les voy a contar un secreto: nunca consigo cerrarlo. Siempre dejo que la magia del proceso de escritura me sorprenda. Y vaya si lo hizo. Vaya si lo hace. De hecho, en este caso, tras la lectura del manuscrito por mis lectores cero, he cambiado el final totalmente. ¡Y llevaba 70.000 palabras dirigidas hacia él! Porca miseria, que diría Valentina. Pero así es la literatura, amigos.

Esta novela ha provocado algo maravilloso: he viajado a París y he vivido con mi imaginación algunas de las escenas de mi novela. Y ha sido un placer inenarrable estar en el café Laurent, en el 33 de la Rue Dauphine, pensando que Arnaud Beltrame tocaba las teclas de ese piano.

Porque sí, este libro tiene otra cosa que lo hace muy especial: la dedicatoria. Se lo dedico a un gendarme que fue asesinado el 24 de marzo de 2018 en Trèbes, después de haberse cambiado por un rehén. Un yihadista asaltó un supermercado, mató a tres personas y tenía retenido a otro rehén. Beltrame consiguió que lo liberara cambiándose por él. El terrorista lo soltó, pero mató al gendarme. Emmanuel Macron invitó a todos los franceses a rendir homenaje a su memoria. Pues también lo haremos los españoles, ¿por qué no? Recuerdo que precisamente el día que ocurrió aquello estaba buscando nombre para mi gendarme. No pudo ser casualidad.

Imagino que ahora tenemos que hablar sobre la publicación. No lo sé. Estoy luchando, para variar. Igual que con Títeres con cabeza, con la que sigo en la lucha desde el año 2018, que conseguí acabar por fin la corrección (mentira, decidí que era demasiado larga y le metí la tijera en julio de 2019: 9 245 palabras menos). El caso es que ya he comenzado la tercera novela. Y hay algo que se cierne sobre mí: la autopublicación.

Pero no importa. Sea como sea, mis novelas verán la luz. Ya encontraremos la manera. Y entre tanto, haré caso a mi cuaderno. Simplemente seguiré escribiendo.

LITERATURA Y PUNTO

No sé qué opinan ustedes sobre los youtubers. Me imagino que al leer esta palabra, su mente ha evocado la imagen de un adolescente (o no tan adolescente) con una mesa gamer (que sí, que se llaman así) y unos cascos de tamaño considerable, aporreando las teclas para matar compañeros de faena en Fornite. O a un tipo de perfil similar grabando en el exterior retos extremos, bromas absurdas y bobadas varias. El Rubius, el Vegetta, Auronplay, TheGrefg, WillyRex… Jóvenes, bellos, con mucha energía y hablando de… pues yo qué sé. Yo solo sé de ellos lo que me cuentan mis hijos. Mucho videojuego y demasiada locura, en mi opinión.

No todos los canales de YouTube son iguales, que no cunda el pánico. Hay una inmensa oferta absolutamente abrumadora en miles de ámbitos. Y muchas veces es útil, aunque les parezca mentira. Algunos de los canales que más frecuento yo son los de cocina. ¡Pues anda que no hay recetas! Es maravilloso. Sí, señores y señoras, YouTube puede ser maravilloso. (Yo misma creé un canal de cocina con mi hija, pero nunca lo descubrirán… muahahahaha. Al poco tiempo me di cuenta de que no cocinaba tan bien como creía y lo dejé).

Ya llega, ya llega. Ya llega el bombazo: Voy a ser youtuber literaria. ¡Sorpresa! Y lo voy a ser pese a mi timidez, pese a la cara que Dios le ha dado y pese a lo mal que me expreso (siempre elijo la palabra escrita; deformación profesional). Pero no, no es un canal de reseñas de libros. No voy a ser Booktouber, aunque, según leo, está muy de moda. Dedico horas y horas a leer, es evidente, y los libros van a ser protagonistas del canal, pero hay muchos blogs y otros canales que hacen eso mucho mejor que yo. Es un canal sobre literatura. Escritores (publicados, no publicados, independientes…), lecturas, lectores, libros, consejos, mi experiencia… Todo lo que rodea este mundo. Y mirad que hay blogs sobre esto, pero ¿dónde estamos los escritores en Youtube?

Pues yo ahora mismo confieso que estoy muerta de miedo. Quizá si fuera Monica Bellucci y ya solo con mi sonrisa fuese suficiente… El caso es que es otra forma más de desnudarme que me provoca terror. Por otro lado, es algo que llevo dos años pensando hacer, y hasta ahora no me he atrevido. ¿Y por qué ahora?, se preguntarán. Lo explicaré en el canal, baste decir por el momento que la vida a veces te da un toque de atención y hay que saber aprovecharlo.

Seguiré con el blog, que tenía un poco abandonado, pero que voy a retomar escribiendo, no solo relatos, que me exigen mucho, sino artículos sobre el mundo literario y del escritor. Y, aunque mentiría si dijera que grabar vídeos es un camino de rosas, sigo sudando ríos de tinta cada vez que abro mi Gato para compartir algo con ustedes. Por no hablar de mis novelas, que aún continúan ahí, acechándome, esperando su momento, algunas para ser publicadas, otras para ser escritas. Pero todas esperan, mientras me observan desde lo más hondo de mi conciencia. Incluso a veces me critican y se enfadan conmigo porque aún no han visto la luz, como si fuesen un algo inconcluso que aguarda su oportunidad.

Creo que ha llegado el momento de dar el salto. El momento de seguir creando, de evolucionar, pero sobre todo del tú a tú y de publicar. De sacudirse, de quitarse los miedos, los prejuicios y las excusas. Creo que estoy preparada para hablar cara a cara de literatura.

Y punto.

Pasen y vean:

https://www.youtube.com/channel/UClTbll30AeehBBdb3dNdguw

El viejo del acordeón

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Originalmente publicado en en El calzador https://elkalzador.wordpress.com/2015/04/25/el-viejo-del-acordeon/

«La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes» (Artur Schopenhauer)

Me levanto temprano y la ciudad parece que aún descansa. No hay nubes y el sol, aunque casi invernal, brilla con libertad. Es uno de esos primeros días de diciembre en los que el frío se presume, así que salgo abrigada y decido ir sola, con ganas de descubrir la ciudad. Según voy caminando y el reloj avanza, los turistas se multiplican, al mismo tiempo que mi bufanda empieza a molestarme. Llego adonde quería más tarde de lo deseado. Decenas de personas recorren el Puente Viejo al que sobrevuelan las aves de los Sotos de la Albolafia bajo las que fueran las aspas del Molino de San Antonio. El Puente Romano de Córdoba luce en todo su esplendor. He traído mi cuaderno porque quiero tomar unas notas  sobre una escena que he pensado escribir. Me llama la atención  desde hace tiempo la Puerta del Puente, me parece impresionante, con la Mezquita al fondo, creo que es una vista maravillosa, y que allí voy a conseguir lo que tengo en mente, aunque no voy con una idea demasiado predeterminada, pienso que es un error, y tampoco necesito algo en concreto.

Solo doy unos pasos y una focha con su pico blanco aletea por una de las charcas del río, veo un cuervo que levanta el vuelo de un ailanto para desaparecer en el horizonte cordobés buscando quizá una almena lejana en la ciudad, donde ha anidado. Me asomo un poco y creo distinguir un barbo que se ha acercado a una de las lagunas que se ha formado a los pies del puente. Imagino que en cualquier momento un bando de garzas saldrá volando de algún lugar, y entonces le veo. No sé muy bien por qué en ese paisaje único en el que me encuentro, mis ojos se fijan irremediablemente en él. Su pelo, descuidado, abundante pero blanco, apenas si es molestado por una ligera brisa otoñal. No es el primer día que está ahí, su rostro oscurecido por el sol le delata. Multitud de arrugas surcan su piel y me doy cuenta de que los años han caído sobre ella haciendo estragos. Sonríe, pero sus ojos muestran tristeza. Está de pie, y no puedo dejar de pensar que alguien debería cederle un asiento, no sé, se nota que está cansado. A sus espaldas, una vieja bicicleta tiene más suerte que él y reposa apoyada en el puente: su compañera de viajes. Lleva una cesta en su parte delantera repleta de fruta fresca que me llama la atención, ¿de dónde la habrá sacado? Y suena esa música de su acordeón. Sus dedos sucios y arrugados son sorprendentemente ágiles, como los de todo buen músico, y va cambiando de canción como si quisiera agradar a un público variopinto de vete tú a saber dónde, que finge que le acompaña  esa mañana en la ciudad, como yo. Suena Casatschok y su ritmo alegre le hace bailar sin mover los pies acompañando las notas con un grácil balanceo de tronco, brazos y cabeza. Francisco Alegre y olé, y sigue sonriendo, pero sonríe sin ganas, yo lo sé. Conozco esa sonrisa; la he esbozado alguna vez. Y me sorprende que él haga ese esfuerzo mientras todos caminan sin mirarle más de tres segundos y sin que sus oídos lleguen a escuchar una pieza entera de su acordeón. Unos metros más allá tiene a un compañero con un violín cuyas clásicas notas se acoplan a las de su pasodoble, pero no parece importarle.

Imagino su vida y no me viene a la cabeza nada bueno. Mi romanticismo innato me lleva a pensar que antaño fue un ilustre músico, o que conoció el amor y lo dejó marchar, ¿tocará para ella?, ¿por eso hay fugaces destellos de luz en sus pequeños ojos grises? Pero puede que sea lo de siempre: un hombre al que la vida golpeó de frente y se dejó vencer por la pena, la soledad y el alcohol, y al que abandonó hasta la suerte; alguien que acabará sus días rodeado de turistas extraños que nunca le recordarán. Si acaso le dejarán un par de monedas por pena.

Y allí pasará las horas, en lo que él considera su hogar, bajo las alas del Arcángel San Rafael, que parece que se olvidó de él tiempo atrás para cuidar de su despreocupado público, y a los pies de la Torre de Calahorra que ahora es su guardián, su fortaleza, que le observa sin juzgarle mientras coquetea e imagina un baile al compás de su música con la Puerta del Puente que se alza allá, a lo lejos, majestuosa, invitándole a decir adiós al río Guadalquivir, y abriéndole paso a una ciudad maravillosa a la que nunca supo hacer bailar bajo el sonido de sus notas.

Guardo mi cuaderno y me dirijo hacia el barrio de la Catedral. No he encontrado lo que buscaba. O quizá sí…

El parque

La enfermedad y la muerte son parte de la vida; no solo el final del camino

Como cada sábado por la mañana, te hemos traído al parque. No quiero que sufras, no venimos para eso. Quiero que imagines que juegas, que sientas lo que los demás niños sienten, aunque no esté reservado para ti, aunque no esté al alcance de tu mano. Ni de tu cuerpo. Ni de tu vida.

No sé muy bien cómo te lo tomas. Es posible que ni siquiera entiendas lo que hacen, ni por qué estamos aquí. Es posible que me odies por someterte a esta especie de tortura, que yo quiero pensar que te viene bien, aunque solo sea para que veas niños como tú —o casi como tú— y pájaros y árboles y plantas y un cielo azul que, ese sí, siempre estará al alcance de tu mano.

Nadie lo sabe. Me dicen que tu esperanza de vida es corta, pero no están seguros. Incluso es muy probable que algunos de los niños que están ahora por aquí correteando, subiéndose al tobogán y a los columpios, incluso tu hermana que está junto a ellos, lleguen a ese cielo antes que tú.

Puede que ni siquiera te enteres de nada. Ellos dicen que estás ahí, tras ese cuerpo inmóvil, tras esa cárcel. Pero yo no las tengo todas conmigo. Sonríes, eso sí. Siempre lo haces. Y yo, que lloro a diario por dentro, cuando te miro, cuando te cuido, cuando te agarro de la mano, sonrío más. ¿Cómo no hacerlo?

Hoy me ha dado por observar a tu padre. Tiene una mirada gris que dirige al frente, pero no mira nada, ni a nadie. Es un mirada de dolor contenido, de muerte anticipada, de tristeza infinita. Lo sé porque es la misma que la mía.

Aunque hoy he querido que sea diferente. Me he propuesto aceptarlo. Hace diez años que naciste, ya va siendo hora. A veces sueño y lo seguiré haciendo. Sueño que eres un niño como los demás, que corres, que juegas, que saltas y ríes, pero de verdad. Y que abandonas esa silla que te acompaña a todas partes, y te mantiene quieto, con la cabeza bien sujeta mirando hacia la derecha. Siempre hacia la derecha. Hace tiempo que imagino que la giras, solo un poquito, hacia la izquierda. Y yo te miro y creo que me entiendes, que interactúas conmigo, que eres tú, como si ahora mismo ahí quieto, sonriendo sin motivo, no lo fueras.

No les he dicho nada a tu padre y a tu hermana. Ellos siguen como siempre; él, con su mirada infinita; ella, con sus ocho años de giros de cabeza para ver si sigues a nuestro lado, trayéndote pelotas que deja en tu regazo porque tú no coges y señalándote pájaros que tú no alcanzas a ver.

Hoy es tu diez cumpleaños, hijo. Y solo deseo seguir soñando que tu parálisis cerebral no te borre jamás esa sonrisa. Es lo único que me queda, lo único que me hace pensar que, a veces, eres un poco feliz. Es lo único que tengo de ti.

SOLO DOS SEGUNDOS

«No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como pompas de jabón» (Miguel Delibes).

pompasjabón

Apura el primer cigarro de la noche. En realidad no es suyo. Se lo ha encontrado en el suelo a medio acabar. Una res derelicta, al fin y al cabo, piensa mientras sonríe para sus adentros.

Le gusta recordar los aforismos latinos y las figuras jurídicas que aprendió para ser abogado, y aplicarlos a la vida diaria, o a lo que quiera que sea esto; este sinfín de rostros que pasan frente a él y que ni siquiera le miran, este silencio que le rodea en una ciudad como Madrid, que nunca calla.

Casi se quema. Pisa lo que queda de aquel Malboro y la única luz que le alumbraba también se acaba. Buscaré otro, piensa. Otra colilla tirada en el suelo a medio fumar, más o menos como él. Otro cigarro abandonado por alguien que solo quería darle unas caladas; alguien con prisas. Esas que también tenía él cuando iba a celebrar un juicio, cuando estaba de guardia, cuando le necesitaban su mujer y su hija. Esas que ya nunca tiene.

La vida se le torció. Una madrugada como esta, en Navidad. Un accidente absurdo y dos vidas menos. Precisamente las dos vidas que nunca estuvieron de más. Tenía que ser él quien sobreviviera. Precisamente la vida insulsa, la vida prescindible: la suya.

Después, un poco de todo. Unos años de alcohol mezclado con su profesión. Un cóctel explosivo. Un dar cuenta al Colegio de Abogados por presentarse borracho a un juicio, un par de demandas sin sentido, varios plazos vencidos…

Y al final, la nada. Lo único que ha conseguido es una esquina en el barrio de Chamberí. No es suya, claro. En realidad, si lo piensa bien, quizá la haya podido adquirir por usucapio: poseedor de buena fe ―¿con justo título?― y durante tantos años ya… ¿Cuántos? Hoy hace veinticinco años de aquello. Encima está de aniversario. Y no es un aniversario cualquiera: son las bodas de plata. Las bodas de plata de la tragedia de su vida.

El frío aprieta y han tenido a bien abrir los cajeros y las estaciones de Metro. Es una medida interesante. Qué exceso, qué generosidad, piensa. Se nota que estamos en Navidad. Como si la amenaza fuese el frío de ahí fuera, no el que lleva años corroyéndole por dentro. Él, por eso, ha preferido no abandonar su esquina. A la mierda. Y si se muere de frío, se ha muerto. Es lo malo de no tener nada que perder.

Hay otra Navidad: la suya. Y la gente lo sabe. Todos la ven al pasar por su lado, pero la olvidan al doblar la esquina. Quizá luego, en la iglesia, la recuerdan de nuevo, sobre todo cuando pasan el cepillo y sueltan unos céntimos, pero la vuelven a olvidar con los langostinos de la cena. Él también tuvo otra Navidad y no la ha olvidado, pese a los veinticinco años de soledad y dolor. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo olvidar el calor del hogar? ¿Los abrazos? ¿Cómo olvidarlas a ellas? Eso no fue lo que le dijeron. Eso no fue lo que se supone que tenía que haber ocurrido. Por eso ya no quiere vivir. No se pueden cambiar así las reglas del juego. No, señor. Dios, karma o quien quiera que maneje los hilos de las estúpidas vidas que vivimos. Ya nada es como le dijeron que sería. Que nadie se atreva a juzgarle o a llamarle cobarde. Rebus sic stantibus.

Está cansado. Se acurruca en la esquina y se frota las palmas de las manos antes de dar un último trago del cartón de vino que esconde bajo el abrigo. Sabía que iba a ocurrir, que este día se iba a dormir abrumado por los recuerdos.

Ve una sombra, a escasos dos metros de él. No le presta atención, será otro más que, para limpiar su conciencia antes de llenar la tripa con solomillo y Ribera, va a dejarle veinte céntimos. Anda y que se los meta por donde le quepan, piensa. Pero ahí sigue. Como no se mueve, decide levantar la vista. Es una niña. No tendrá más de seis años. Los que tenía su hija cuando… «¿Es usted Papá Noel?», le pregunta. Se queda paralizado unos instantes. Después de asimilar la pregunta, se mesa la barba. Hombre, hay que reconocer que es larga y grisácea, más o menos como su pelo. Tampoco ha debido de ayudar el jersey rojo que cogió el otro día de un contenedor de basura. Mucha barriga no tiene, aunque imagina que la oscuridad no permite apreciar bien su físico. La pequeña aguarda su respuesta, sin prisas. Hay que reconocer que si le dice que sí, sería un gran hallazgo… para ella. «Si lo es, este gorro es suyo», le dice, acercándole el típico gorro de Papá Noel comprado en el chino. El hombre sostiene la mirada de la niña. Es obvio que sus ojos están deseando que diga sí, que es el hombre gordo de la barba blanca que le va a traer regalos esta noche. El problema es que no lo es…

Coge el gorro y se lo pone. «Jo, jo, jo», dice. Espera la reacción de la niña. Lo ha hecho lo mejor que ha podido, aunque no sabe si debió añadir algo más. In claris non fit interpretatio. La niña sonríe y se lleva las manos a la cara, ilusionada. No son más de dos segundos: los que tarda su madre en agarrarla, despavorida, y llevársela de allí, como si estuviera frente al mismísimo diablo.

Solo son dos segundos. Una punzada en el corazón que se deshace como pompas de jabón.

LA AMATXI

Apenas conservo recuerdos de mi tierra. Ha pasado mucho tiempo ya: me marché de Irun en el año 1930. La vida me llevó a Madrid, donde todo fue muy diferente. De la calidez de un pequeño pueblo, una casa modesta y unas distancias cortas, me tuve que enfrentar a los agobios, los pisos y las prisas de la gran urbe. Aunque acabé acostumbrándome y pasó el tiempo. Jamás volví a mi hogar después de la guerra. Podía haberlo hecho, pero tenía miedo de encontrarme algo diferente a lo que había vivido y decidí recordar ese Irun que me había criado de niña. Prometí que no regresaría; y mantuve mi promesa.

Lo mejor, una vez fueron transcurriendo los años, y tras el dolor y el desgarro que me causó la muerte de mi marido, fue que mi hija me acogiese en su casa. Eso me permitió vivir con una intensidad mucho mayor que otros abuelos la aventura de tener nietos, y conseguí una unión especial con ellos, sobre todo con mi nieta. Tanto fue así que me convertí en su segunda madre. Ella solía decirme que me quería más que a «la primera», pero acto seguido me hacía prometer, con cierta vergüenza, que no se lo contaría a nadie. Y también tuve que cumplir esa promesa.

Ella aguantaba mis manías, que eran muchas: mis ronquidos, mis cigarros mentolados, mis galletas mojadas en vino blanco antes de dormir, mi rosario diario…  y lo mejor, lo hacía con gusto. Incluso cuando me hice mayor y me empeñaba en quejarme porque, según mi maltrecha cabeza, me quitaba dinero y cigarros, jamás se molestó, como sí parecía hacerlo mi hija. Sabía que todo aquello formaba parte de mí, como un todo inseparable, y también, por qué no decirlo, de mi vejez; y lo aceptaba.

Pero como suele ocurrir con las épocas felices, se acabó. Y lo que es peor: hace mucho tiempo que ya no voy a verla. Antes solía hacerlo a menudo. Hace unos veinte años de eso. Me sentaba al borde de su cama y, aprovechando sus sueños, recordábamos mis largos paseos por Irun y cómo cruzaba por Hendaia la frontera que me separaba de Francia para ir con mis amigos a nuestra pastelería preferida. Entonces aún podía hacerlo, entonces aún podíamos reírnos recordando cómo en la escuela me preguntaban la lección y me ponían un cero por no tener ni idea, y yo me quedaba tan pancha. Y le hablaba del Real Unión como si fuera el mejor equipo del mundo, y del negocio familiar de aduanas como si la conexión con el resto de Europa solo dependiera de nosotros. También le pedía que cuidase de su madre. Entonces podía. Por su inocencia, por su juventud… Ahora es una mujer; ahora ya no puedo. A ver, no es que no pueda. Es que no quiero asustarla: yo estoy muerta. Y ella… ella ya es madre. No estoy segura de que funcionase.

No les ha hablado mucho de mí a sus hijos y apenas si conserva una fotografía en la que, dada mi fobia a las cámaras, salgo tapándome la cara con ambas manos. No la culpo. Ha pasado demasiado tiempo y han llegado otras personas que llenan su vida. De vez en cuando he de confesar que me acerco a su cama y la observo. Y a su lado, muchas veces, en mitad de la noche, llega corriendo una pequeña asustada por la oscuridad, que se cuela entre las sábanas. La miro y veo mis ojos azules en ella. Y confieso que, al igual que hacía con su madre, me muero de ganas por contarle a esa potxola mis historias vascas.

—Mamá, ¿qué hago aquí?

—Viniste sonámbula de madrugada. Incluso has hablado varias veces mientras dormías.

—La amatxi ha venido a verme. Hablaba con ella.

—Cariño, no es posible. La amatxi

—Te digo que hemos hablado. Se ha sentado a mi lado y me ha contado cosas.

—¿Ah, sí, listilla? ¿Y cómo sabes que era ella?

—Dice que tengo sus ojos. Y es verdad, mamá. Tú que siempre decías que nadie de la familia tiene los ojos azules. ¿Por qué no me contaste que la amatxi sí? También dice que cuides de la abu, que no te olvides…

Observo la duda y el desconcierto en su rostro. Sin embargo, traga saliva, se recompone con rapidez y, tras un pequeño silencio, respira hondo y sonríe, mirando hacia los lados, como si me buscara. No me encuentra; no puede verme. Quizá esa facultad de ver a los muertos tenga fecha de caducidad: la infancia. Pero no importa, porque me doy cuenta de que yo no la tengo para ella: todavía me recuerda.

MIS RAÍCES

«No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas» (Miguel de Unamuno).

dad alas

Él insiste en asomarse a la ventanilla de mi coche cada vez que me voy. Yo intento impedírselo llevándola siempre subida y mirando al frente, tentado de acelerar sin girarme cuando veo por el rabillo del ojo que se acerca. Pero siempre acabo rindiéndome: sentir sus pequeños ojos mirándome a través del cristal, tras unas gafas de cerca, las de siempre, las que no quiere renovar porque «ya para qué», me obliga a darle a la manivela. Me observa con dulzor sonriendo hasta con la mirada. Aunque me duela reconocerlo, su sonrisa me molesta. Nunca se la devuelvo. No me puede pedir eso; no me puede pedir que encima que me voy y que no sé si volveré a verle de nuevo, le sonría. O al menos no me puede pedir que lo haga de forma sincera. Entonces él, que lo intuye, cambia sus ojos de objetivo y los posa en los de mi mujer, que, sentada en el asiento del copiloto, se la devuelve esbozándola de oreja a oreja. Quizá eso le haga sentir mejor. O quizá el que se sienta mejor sea yo.

Apenas recuerdo cuando lo único que se le marcaba al sonreír eran sus hoyuelos. Ahora, cuando lo hace, las arrugas empequeñecen sus ojos azules, no muy grandes ya de por sí, hasta que parecen una simple raya. Los dientes los muestra como si se los acabase de blanquear, como si los tuviese perfectos, como si no le importase que el tiempo los haya coloreado y desgastado. Imagino que sigue sintiéndose él: el hombre que ha sido; el niño que fue. Ahora solo queda un anciano. Eso es lo que todos ven. Eso es lo que yo aún no veo. Un anciano con pelo gris, un corazón cansado y una memoria más descolorida que su dentadura y sus manos moteadas.

Y parece que fue ayer cuando me leía el periódico ante mi curiosa mirada, sin importarle que yo ni siquiera supiera hablar; cuando su mente iba de un tema a otro, de una noticia de sociedad a otra de cultura, de una editorial a una viñeta de Mingote; cuando, años después, me enseñaba con orgullo sus libros, sus colecciones; cuando leíamos juntos las enciclopedias y señalábamos Madrid en el atlas; y cuando al marcharme me llenaba el equipaje de recortes de periódico, según él, con cosas interesantes para que fuese leyendo cuando tuviese tiempo.

Yo he sido quien le ha fallado a él, aunque nunca me lo ha dicho. Jamás he recibido reproche alguno. Tampoco queja o explicación. Me fui porque me tuve que ir, o porque quise hacerlo, quizá. Tengo que decírselo, él aún no lo sabe, y eso me corroe. No vaya a ser que piense que no estaba a gusto con él, no vaya a ser que piense que no le quiero…

El caso es que me fui y que nunca he vuelto. Si acaso en Navidades, en Semana Santa, unos días también en verano y cuando me puedo escapar algún puente. En realidad no estoy tan lejos, pero los años caen como losas y sucede todo tan rápido que hoy, en su noventa cumpleaños, le he dejado de nuevo. Y le veo solo. Además, ya no es como antes. Antes todavía era él, siempre, sin excepción. Ahora, mientras conduzco camino a mi hogar, recapitulo los momentos en los que, durante esta fugaz visita para ayudarle a soplar esas noventa velas, he podido disfrutarle. No han sido tantos. La mayoría de las veces ha olvidado lo que me estaba contando; o me lo ha contado tres veces seguidas, perdiendo el hilo en todas. Yo he intentado disimular, removiéndome en el asiento, carraspeando, aunque creo que en los breves instantes en los que ha vuelto, se ha dado cuenta.

Ahora a veces le veo en mi vecindario. Está solo, deambula por la calle y yo le sigo, gritándole, pero claro, no me oye. Hasta que de pronto se para, desorientado, o al menos eso creo. Pero no lo está. Lo único que hace es tomar posiciones frente a un contenedor de basura. Después lo abre y rebusca entre ella. Le grito, ¡pero deja eso, qué haces! Y él se gira y me mira, extrañado, creo que ni me reconoce. Porque no es él. Lo compruebo al acercarme. Es otro anciano, perdido, olvidado, que tampoco será ya el hombre que un día alguien ha cuidado.

Entonces me siento culpable. No le cuido, no le acompaño, no le leo los periódicos como él me solía leer a mí cuando era niño, ni le ayudo a descubrir el significado de las palabras o a encontrarnos en el mapa. No le alimento, en definitiva, de ninguna de las maneras en las que un hombre necesita alimentarse. Y ahora debería estar junto a él. Para ayudarle a reaprender lo olvidado, para hacer que se siga sintiendo útil, para acompañarle. Le llamo todos los días, sí, ¿y qué? Hasta mi subconsciente me recuerda que he fracasado. He fracasado como maestro, como amigo, pero sobre todo he fracasado como hijo.

Acabo de repostar y, al ir a coger la cartera para pagar, noto que tengo un papel doblado en cuatro en el bolsillo de la cazadora. Parece un papel de periódico. Lo abro extrañado. Es un artículo sobre la vejez, la nostalgia, los hijos que crecen y se van…. El artículo concluye con una cita de Hodding Carter que mi padre ha subrayado: «Solo hay dos legados duraderos que podemos transmitir a nuestros hijos: uno son raíces, el otro son alas». A continuación ha escrito con letra trémula: «No te apures, Lorencico, estaré bien». Noto que mi mujer me está mirando y parece preocupada. Imagino que se me nota. Sacudo la cabeza para ahuyentar la desazón y me limpio una lágrima con el dorso de la mano. Estoy bien, me digo. Estoy donde debo estar: batiendo mis alas y mirando de reojo hacia mis raíces. Pero eso no es lo mejor: lo mejor es que acabo de descubrir que él, pese a sus maltrechos recuerdos, pese a su dolor como padre, pese a los malditos obstáculos que los años han causado en su memoria… también lo sabe.